Así vivió José Ignacio García el Real Valladolid – AD Alcorcón en una tarde que debió ser de mus y acabó en el cine
Pongamos que para un funcionario del sector de la enseñanza –lo que en mis tiempos se venía a llamar maestro– será una suerte que una fiesta caiga en jueves, porque le da pie a tomarse un puente monumental; sin embargo, para mí es como la pieza de un puzzle difícil de encajar. Y más si Rolo, que no se dedica a la docencia, se ha liado la manta a la cabeza y se ha ido a tomar las aguas y a reverdecer laureles con la Reme a un balneario gallego que les han pagado sus tres hijos, el que trabaja con él en el bar, el picoleto que juega al fútbol de portero en un equipo del Sur, y el vampiro, que nunca me acuerdo a lo que se dedica durante el día, porque sólo vive de noche.

Me lo ha avisado esta mañana por whatsapp, que no fuera a Valladolid sólo por él para echar la partida, que no iba a estar, porque los dos chicos mayores (el benemérito tenía que celebrar hoy en su cuartelillo andaluz la festividad de su patrona) les dieron anoche la sorpresa cuando iban a cerrar el bar. A él no le había hecho mucha gracia el regalo, porque se aferra a su barra como un náufrago a su tabla, pero entre todos le habían convencido, y a la Reme, siempre tan apañada, le había faltado tiempo para preparar el equipaje: unas mudas, cuatro trapitos de entretiempo, su neceser repleto de potingues cosméticos y chatarra de bisutería y los bañadores que no habían vuelto a poner en remojo desde que una marca de cerveza, y de eso hace ya unos cuantos años, les regaló un crucero por el Mediterráneo, que Rolo aceptó a regañadientes, porque no quería cerrar el bar y porque temía marearse con el vaivén que producen las olas de la mar salada.
Conque me he quedado solo, sin partida de mus festiva y sin saber qué hacer. Y no es que mi plan fuera apasionante, pero como no había hecho otro, era el único que tenía.
Por eso he dedicado la mañana a holgazanear, huroneando entre notas y apuntes que quizás algún día florezcan en forma de novela o de relato; y, como el verano se resiste a ceder protagonismo al otoño, he aprovechado las primeras horas de la tarde para darme un paseo que les ha venido muy bien a mis piernas, a mi corazón y a mi próstata.
Volvía para casa, dispuesto a afrontar el tormento de enfrentarme a un nuevo folio en blanco, en el que caligrafiar unas líneas más o menos sostenibles e ingeniosas, cuando he escuchado una voz casi olvidada a mi espalda que proclamaba mi nombre a los cuatro vientos, o a los que haya. Coño artista, qué caro te vendes, me ha saludado Cayo Nava, mientras me daba un abrazo más aparatoso que intenso. Cayo es un buen tipo, campechano, ilustrado y solterón, que se prejubiló hace tres o cuatro años, cuando el banco en que trabajaba se fusionó con un tinglado de cajas de ahorros, sin que se sepa muy bien quién se comió a quién. Antaño nos veíamos con cierta frecuencia, y me daba la paliza, pidiéndome mi opinión sobre novelas rarísimas que había leído para espantar su recién estrenada ociosidad, y que pensaba que –dada mi condición de escritor– yo también tenía que conocer. Pero cuando comprobó mi inmensa ignorancia literaria y se echó de novia a una viuda desconsolada que acababa de enterrar a su segundo marido, empezó a espaciar nuestras citas, y más cuando le advertí –medio en broma, medio en serio– de que tuviera cuidado con ella, que no había dos sin tres. Fue entonces cuando dejó de llamarme para atosigarme con su valoración sobre libros de autores finlandeses, letones o nigerianos de nombre impronunciable.
No he querido aclararle que el que se distanció fue él, ni le he preguntado –quita, quita– por sus últimas lecturas ni por esa novia absorbente que la última vez que hablamos amenazaba con poner fin a su soltería. Pero a Cayo debe habérsele pasado ya el enfado, y como yo no soy más rencoroso que lo estrictamente necesario, he aceptado su abrazo y su invitación para tomar un café con mercromina de esa que restaña antiguas heridas.
Hemos entrado en el primer bar que hemos encontrado, que está abarrotado de parroquianos. Unos juegan a las cartas, y otros ven un partido de fútbol en la enorme pantalla que hay al fondo del local. En momentos como éste, agradezco que no se pueda fumar en los bares, porque si no el humo del tabaco hubiera creado una niebla tan densa que me habría impedido percatarme de que era el Pucela uno de los equipos que estaban jugando. Con ese calendario para locos que tiene la división de plata, al principio he pensado que sería un partido en diferido, de esos que las teles privadas minoritarias repiten hasta desgastarlos, pero uno de los que estaba viéndolo me ha sacado del error. Que era en directo, de liga y frente al Alcorcón, me ha aclarado. Y que no había quien se lo tragara, de aburrido que era, ha añadido, que el Valladolid dominaba pero no marcaba, porque Julio Velázquez había venido con los jugadores ya vestidos desde el hotel y había puesto directamente el autobús delante de su portería para resguardarla.
Cayo ha conseguido hacerse hueco en la barra. No le apasiona el fútbol, pero no le desagrada si es el Pucela el que juega. Aunque él tampoco sabía que jugaba esta tarde. Con estas jornadas de liga que duran media semana y se empalman unas con otras, cualquiera se aclara, me dice, refrendando mi pensamiento anterior. Y en ese instante la risa hace que casi se me atragante un buchito de café en la garganta; cerca del intermedio, el portero alfarero acaba de protagonizar la jugada tonta del partido, el balón se le ha escurrido entre las manoplas, como si fuera un pez, y Mata no ha tenido más que empujarlo al fondo de la red. Con una victoria, aunque sea mínima, uno se va más tranquilo al vestuario en el descanso, y el café sabe mejor.
La segunda parte es un monótono recital de los blanquivioletas, el Alcor es como un soldado desarmado que bastante hace con dar testimonio de su presencia en la batalla. Su escasa resistencia demuestra que no se parece en nada al equipo que empezó imbatido la temporada, para irse diluyendo luego como una de esas pastillas efervescentes que se disuelven en el agua. Masip podría haberse venido con nosotros a tomar café y a fumar la pipa de la reconciliación si no fuera porque en los bares ya no dejan fumar. Michel aumenta la cuenta, y el eventual portero visitante –el titular está sancionado– empieza a pensar que mejor hubiera hecho quedándose en casa, al ver como el balón entra de rebote, y más cuando en los minutos finales Mata vuelve a empujar un rechace del larguero a un disparo de Gianniotas, que es líder mundial de eficacia y rentabilidad. Nadie marca más goles que él en menos tiempo, imagino, cuando anota el cuarto en el descuento desde fuera del área. Como me cuesta imaginar un Pucela con tres canteranos en el equipo titular, eso igual no pasaba desde los tiempos de Eusebio, Juan Carlos y Torrecilla; y esta tarde festiva y calurosa de octubre da gusto ver a Ángel, Toni y Anuar demostrando que hay vida más allá de los fichajes que se hacen a golpe de cesión o de talonario. Como da gusto ver que un Pucela a medio gas vuelve a golear, para meterse otra vez en la zona noble de la clasificación, para refrendar su condición de equipo más realizador, y para presumir de pichichi; porque para Mata este curso la de marcar goles es una asignatura que aprueba con nota alta, porque está en racha, porque durante los partidos acampa en el área pequeña rival, y porque no se desgasta trabajando inútilmente en la banda. En esta liga de la igualdad, en la que por ahora una docena de equipos están en la pomada, y en la que un par de resultados favorables te encumbran y una mala racha te amilana, tranquiliza mucho saber que hay un gran director de orquesta en la banda, que sabe recuperarse de los reveses groseros, que mantiene un discurso claro, sensato y coherente, y que tiene a casi todos los músicos afinados.
Mientras yo hacía estas reflexiones, Cayo ha sido más práctico y ha quedado con su novia viuda, que vista de cerca no parece tan peligrosa ni tan desconsolada, y que ha aparecido en el bar acompañada por una amiga de carnes prietas y ojos vivaces. Una vez hechas las presentaciones nos hemos ido a cenar juntos, y luego ellas –supongo que para demostrar la igualdad de géneros– nos han invitado al cine; y cuando en la oscuridad de la sala la amiga ha rozado mi pierna, no sé si casualmente o no, me ha dado por pensar que algunas tardes de fiesta son tan triunfales por sí mismas, que da gusto no tener planes.














Ojalá fuera así el fútbol, gracias
Ya veo que tuviste buena tarde amigo. Yo diría que una tarde que debía ser de mus, acabo de cine. Buenas para ti y para el pucela tras el correctivo de Vallecas.
De nuevo, buen artículo.
Menuda tarde redonda, asi da gusto que nos caigan fiestas de esas en las que uno no sabe que hacer