Más que un espacio urbano, la Plaza Mayor de Valladolid es uno de los lugares más vivos de la ciudad. En un lugar como el que caracteriza el centro de la meseta, con cambios de temperatura muy comunes a cada estación, el asfalto de una plaza como esta parece tener vida propia. En esta plaza, la historia se mezcla con el presente y cada vallisoletano sería capaz de contar algo distinto en el mismo entorno.
Cada persona tiene un recuerdo, un olor, un sabor o un momento en su vida en torno a la mirada de la fachada del Ayuntamiento. Ya sea para tomar algo o simplemente pasear, la Plaza Mayor es una vecina más en la realidad de cada vallisoletano. Situada en pleno corazón de la ciudad del Pisuerga, la plaza más característica de Valladolid, de plano rectangular y porticada, se ha convertido con el paso de los siglos en el epicentro más importante de la vida social, cultural y comercial. Los soportales, las fachadas de color uniforme y su amplitud característica la hacen inconfundible.

Miles de historias en torno a las vidas que han transcurrido entre sus muros desde que se construyera allá por el siglo XVI. Si preguntamos a cualquier vallisoletano sobre dónde quedar en el centro, lo más probable es que te respondiera en la Plaza Mayor. Un espacio que se ha convertido en el punto de referencia por excelencia en la ciudad.
Bajo sus soportales se han refugiado cafeterías, restaurantes y tiendas que llevan décadas siendo parte de un paisaje cotidiano para todo aquel que pasee por la zona. De día o de noche, no es casualidad que la vida de la Plaza Mayor sea continua. La disposición de la plaza invita, desde siempre, al encuentro de las vidas que se van cruzando con y sin motivo en el centro de la ciudad.
La historia de una plaza eterna
Es importante saber que la Plaza Mayor de Valladolid tiene sus orígenes en ese devastador incendio que arrasó buena parte del centro de la ciudad. Se dio en el siglo XVI, específicamente en el año 1561. De hecho, antes de esa catástrofe, ese mismo lugar existía ya como lugar de encuentro de un espacio mercantil, pero a raíz del incendio fue cuando se decidió construir una Plaza Mayor propiamente dicha, tal y como la entendemos y disfrutamos hoy.
A partir de esa idea, se planteó una especie de foro romano moderno, que facilitara el contacto entre vecinos y comerciantes, generando un escenario de intercambio en la ciudad. El proyecto fue encargado al arquitecto Francisco de Salamanca, que fue el que diseñó el espacio. Esa forma rectangular, porticada, que respondía a los nuevos criterios urbanísticos del Renacimiento español, fue un movimiento novedoso que acabó por ser especialmente característico.
Pero la construcción de la misma se prolongó más de lo esperado, durante varias décadas. De hecho, no fue hasta principios del siglo XVII cuando la plaza adquirió el aspecto de nuestros días. En los tres años del reinado de Felipe III con corte en la ciudad, tras el traslado de la capitalidad, de nuevo, a Valladolid, la plaza vivió su época de mayor esplendor. De esa manera, se convirtió en el escenario típico de celebraciones, autos de fe y otros actos públicos relevantes.
A través de los años, la Plaza Mayor fue ese punto de encuentro, que hace que siga siendo el corazón latente de la ciudad de Valladolid. Desde que se levantara de nuevo, ha sabido adaptarse de manera clara a nuestros tiempos y sin perder su esencia. Hoy en día sigue siendo un claro lugar de paso y de encuentro para todo tipo de ciudadanos. Trabajadores, estudiantes y turistas disfrutan del paseo por sus espacios y sus soportales. Con comercios tradicionales junto a otros modernos, la manera en la que conviven todas estas propuestas es una clara muestra de para lo que fue hecha la plaza.














