Nostalgicina y Sentimentadol

Publicado el 1 noviembre 2017 08:00h
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El encuentro en Reus trajo a José Ignacio García recuerdos de otros tiempos y de unos tíos emigrados

 

Calero Olivas
Calero y Olivas || Foto: LFP

Esta tarde no he salido de casa. No tenía el ánimo para folklores, porque de vez en cuando la vida trae a mi memoria restos de naufragios que perturban o incomodan mi conciencia. Y hoy, aunque sea domingo, ha sido uno de esos días. Debo confesar que siempre he sido un nostálgico sentimental, propenso a la melancolía y a evocar recuerdos del pasado que con demasiada frecuencia me desasosiegan antes de convertirse en el sustrato que hace florecer mis historias; pero a veces las dosis de Nostalgicina y de Sentimentadol son más elevadas de la cuenta y me dejan como aletargado durante algunos días.

Por eso, cuando he encendido la radio y me he enterado de que el Valladolid jugaba en Reus, no he podido evitar que me asaltaran unos fantasmas que no me visitaban desde los tiempos de Matusalén, aproximadamente. Huelga decir una vez más, como todos ustedes bien saben, que no tengo ni idea de fútbol, que no veo los partidos del equipo blanquivioleta y que sólo hablo de oídas. Y la última semana ha sido tan ajetreada que ni siquiera sabía si el Pucela volvía a repetir como local o disputaba su partido lejos de su territorio.

Pero cuando he escuchado en el transistor la palabra Reus, han regresado los espectros del tío Dionisio y de la tía Anita, para darme una desanimada tarde de ánimas.

El tío Dionisio y la tía Anita eran tíos carnales de mi padre. Bueno, en realidad lo era ella, que era hermana de mi abuelo. Él era tío consorte, o con suerte, porque la tía Anita era la mejor tía que un crío de ocho o diez años pudiera tener, como yo los tenía cuando la conocí y la disfruté.

Ambos vivían en una casa que para mí era de ensueño. Una de esas casas que un niño que ya apuntaba maneras de imaginador podía mitificar, porque podía convertirla en palacio o en castillo, en mansión o en mazmorra. Yo la llamaba “la casa de la RENFE”, porque estaba situada junto a las vías del tren, cerca de los talleres de la FASA, entre el Paseo del Arco de Ladrillo y la carretera de la Esperanza.

Aquella casa mágica, era multifuncional. Tenía un jardín de dimensiones casi esteparias, con un huerto que daba frutas y hortalizas con una generosidad que para sí quisieran muchos gobernantes. Y por dentro era enorme. Los tíos vivían en la planta superior. Recuerdo que había un rellano repleto de macetas con geranios y otras flores que mis limitados conocimientos botánicos no me permitían reconocer entonces ni recordar ahora. En el interior uno podía jugar a hacer comiditas en una cocina enorme, leer en una biblioteca que era mi paraíso particular, ver la tele en un salón que unas veces hacía de cine y otras de casino, porque con frecuencia se organizaban timbas multitudinarias, en las que los niños sólo podíamos ver, oír y callar, si no queríamos que nos mandaran a otro lado, y había un cuarto oscuro y tenebroso donde nunca entraba la luz, habitado por muñecas macabras y de ojos saltones, y al que sólo nos permitían entrar acompañados por la prima Ana Mari desde que mi hermano Héctor empezó a sufrir instintos destructores, y lo mismo le daba por desmontar mis coches de juguete que por descuartizar las muñecas de nuestra prima. Los tíos tenían otro hijo más mayor, el primo Manuel, que era tan alto como un rascacielos, estudiaba en la universidad una carrera muy difícil y tocaba en un conjunto de rocanrol. Del primo Manuel sólo recuerdo que siempre, incluso en verano, iba cubierto con una gabardina parecida a la que gastaban el teniente Colombo y los exhibicionistas de los parques públicos, y también recuerdo que un día llegó a casa todo sofocado, porque le habían perseguido los grises en una manifestación. Yo no sabía quienes eran los grises, ni lo que era una manifestación; pero supuse que algo gordo tenía que ser, porque mis tíos, mis padres y otros amigos interrumpieron la partida, y el asunto tenía que ser para preocuparse, porque nunca hasta entonces les había visto dejar de jugar a las cartas por ninguna razón. Así que aquella tenía que ser de campeonato.

La última vez que vi en persona a la tía Anita y al tío Dionisio fue en la boda de mi hermano Héctor. Hacía años que mis tíos y sus dos hijos habían emigrado a Reus, donde vivía otra hermana de mi tía y de mi abuelo, a la que nunca conocí, y la querencia fraternal hizo que, alcanzada la jubilación, se reunieran para consumir juntos el atardecer de sus vidas. Cuando la tía Anita entró en casa de mis padres, fue como si irrumpiera la alegría personificada en mujer. Cual corneta castrense puso a todos en orden, tranquilizó a mi madre que no atinaba a colocarse un floripondio en la pechera de su vestido de madrina, y ayudó a Héctor a hacerse el nudo de la corbata nupcial frente al espejo que mis padres tenían en el recibidor. Yo, que era bastante más joven, tuve que conformarme con un beso en la mejilla; el último beso de aquella mujer activa, parlanchina y dicharachera que un día dejó Valladolid para irse a vivir a Reus.

Dejan de aflorar los recuerdos, y yo me pongo a hacerle caso a la radio. Y empiezo a temblar, porque el Pucela juega mejor, y domina, y tiene ocasiones claras de marcar. Pero cuando eso ocurre en los últimos choques suele devenir la debacle, y deviene, y el Reus se adelanta en el marcador, haciendo injusticia –un partido más, y van tres seguidos– en el marcador.

Menos mal que Mata está en estado de gracia, y hace de la necesidad virtud, y empata el encuentro antes del descanso.

La segunda parte, según la radio, es de dominio alterno. Toni se lleva un balón de espuela pegado a la cal, se come el campo rival, se interna en el área, deja un balón franco y… es el Reus el que vuelve a poner el marcador de su parte en la jugada siguiente. A partir de ahí, Masip se consagra y el Valladolid amenaza pero no remacha en cada contragolpe. Da gusto oír como narran los partidos algunos locutores, es como si estuviera viendo con mis propios ojos las jugadas. Luis César quema sus últimos cartuchos, pone en el campo toda su artillería pesada. Gianniotas bota un saque de esquina y Ángel, de churrigol –pero vale igual que un trallazo desde fuera del área– vuelve a nivelar otro partido más de la jornada con más empates de la liga más igualada que se recuerda en Segunda en muchas campañas.

Acaba el encuentro, y al escuchar las valoraciones posteriores me entero del anhelado debut de Calero en la liga de plata, de la reafirmación de Anuar junto al reaparecido Luismi, del brillo de Toni, del resurgir de Ángel, que se crece y golea –aunque sea de churro– lejos de Zorrilla. Cada vez más gente de la casa en la alineación. Y Mata aumentando la cuenta. Y el equipo que sigue siendo el que más golea y casi al que más goles le marcan. Y aunque vemos la cabeza de cerca, a empate por partido no vamos a alcanzar a los equipos que se dan de codazos para encabezar la tabla.

Definitivamente, hoy no he tenido un gran día. Me voy a la cama, porque parece que me viene el sueño que precede a las pesadillas o a la calma.

Mientras me voy durmiendo, me pregunto si la culpa de mi abatimiento no la tendrán el cambio de hora o los efectos secundarios de la Nostalgicina y el Sentimentadol, cuyo consumo tanto me afecta llegadas estas fechas de flores tristes, de añoranzas y de visitas a los camposantos. O quizás sean las vísperas de esa fiesta de Halloween, que se inventaron los americanos, las que me hacen ver fantasmas de familiares, casas y lugares que quizás sólo existieron en mi imaginación, a la que otro empate consecutivo del Pucela le ha hecho una mala jugada.

José Ignacio García

Escritor y columnista.

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1 comentario en «Nostalgicina y Sentimentadol»

  1. Bellos recuerdos. Contrastan totalmente con la forma tan ordinaria de empatar que tuvo el Pucela. Pero en fin, no siempre todo tiene por qué ser poético al 100%, jeje.

    ¡Feliz semana!

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