
Me llama el viernes al mediodía la prima Antoñita, que la tía Antona me invita a pasar el fin de semana en ese pedregal inhóspito que tiene en un paraje montaraz de una sierra perdida al que ni las cabras del lugar logran acceder con facilidad. No puedo ir, le digo, tengo mucho que hacer.
Ella me responde que estamos en agosto, y que hasta los escritores pobres y maltratados por las grandes editoriales tienen derecho a vivir y a vacacionear, aunque sólo sean tres días y por la patilla. Mamá hará el domingo una paella mixta, le salen buenísimas, argumenta. Aborrezco la paella mixta, declaro.
Pamplinas, primo, esta tarde te recojo, no lleves nada más que la ropa que te vayas a poner, ni portátil ni libros, que te conozco. Hago un último intento, a la desesperada, de evitar la reclusión montañera: de verdad que no puedo ir, que mañana juega el Pucela con el Sevilla Promesas y tengo que ver el partido para hacer la crónica para Blanquivioletas. Pero si tú nunca ves un partido ni te gusta el fútbol, me replica, y añade: si escribes de oídas, y lo que no sabes te lo inventas.
Así que no me quedó otro remedió que aceptar la invitación y preparar un petate de emergencias, azuzado por la eterna duda de no saber qué ropa meter en él, porque en ese lugar de la montaña que parece un refugio para los tramperos que salen en las pelis del oeste, lo mismo te cueces que te congelas sin necesidad de que avance sus hojas el calendario.
Lo que disimulé entre el bañador y las camisetas térmicas fueron esa tablet que los de la compañía telefónica me regalaron hace dos primaveras con mi último móvil, y que todavía no he aprendido a manejar en condiciones, y el ejemplar de Patria, de Fernando Aramburu, que no puedo dejar de leer ni debajo de la ducha. Aunque no sé por qué tomé tantas precauciones, porque a la puerta del refugio de los tramperos no hay arcos de seguridad, ni detectores de libros sensacionales, y no creo que a la tía Antona, a sus años y a los míos, le diera por ponerse a registrarme la mochila.
Y me marché, y a mi barco le llamé (breve) libertad, y me encontré solo y perdido en la montaña. Bueno, solo no, con la tía Antona y su paella mixta y dominical, con la pecosa prima Antoñita, que sigue mirándome de vez en cuando con aquellos ojos pícaros e incestuosos que ponía cuando teníamos quince años, y con mi ejemplar de Patria que tendría que leer a escondidas, como si fuera un comprometedor documento clandestino.
Lo peor de la caseta de la montaña (bien pensado, también se tira un aire a la de Heidi y su abuelo), peor todavía que los contrastes climáticos y que las paellas mixtas de la tía Antona y los granos de su hija, es que no hay conexión a internet. Lo descubrí cuando al llegar cogí el móvil para ver si algún agente literario me había mandado alguna oferta para publicar mi última novela antes de que se cierre el viernes el mercado de fichajes veraniegos. Pero el teléfono se había quedado frito. El último mensaje que tenía en el whatsapp era de una leyenda viva del Pucela, del Barça y de la selección española (¿quieren más pistas?) que me daba la enhorabuena por mi primer artículo de la temporada en Blanquivioletas –del que no estoy muy satisfecho, por cierto, porque descubrí escandalizado tras su publicación un par de redundancias evitables e impropias de mí– y en el que me decía algunas cosas del partido y me hacía algunas reflexiones sobre el futuro de la plantilla, a las que sólo se me ocurrió replicar –yo tan bocazas como siempre– que sólo faltaría que el Barça nos levantase a Jose.
Conque me fui de retiro montañero en el coche de la prima Antoñita, que me tocaba –no sé si sin querer o adrede– la rodilla cada vez que accionaba la palanca de cambios, rumiando que mi maldito vaticinio sobre Jose igual se hacía realidad, y también lo que eso podía descentrar a la plantilla, tras la primera derrota en casa y el precedente de la temporada anterior en que los chiquillos de Nervión le metieron seis a los pupilos del abuelo Herrera, al más puro estilo de “apisonadoras Nadal”.
Pero esta mañana, cuando he vuelto a la civilización y me he puesto al día, he visto aliviado que Luis César está centrado, lo tiene claro, y empieza a mover sus piezas con habilidad sobre el tablero. Y que además, cuando el equipo va ganando, aguanta, resiste, no se viene abajo, y hasta tiene una pizquita de suerte campeona. Como tiene que ser.
Una victoria; dos tantos de Mata, al que no identificaría en una rueda de reconocimiento, pero al que reconozco su esfuerzo, y me alegro todavía más por él que por el equipo, porque es muy duro para un delantero centro (aunque igual Benzema no estará muy de acuerdo conmigo) que no paren de decirle que trabaja y lucha mucho aunque no meta goles; y tres puntos en la clasificación. Una clasificación donde el Tenerife muestra ya sus credenciales, como Las Palmas o el Girona antes, de claro aspirante al ascenso, destrozando sin piedad a ese equipo de criaturas seráficas que a nosotros nos sacó los colores y las vergüenzas la semana pasada.
Ah, también he visto que Gómez se ha traído un griego para sustituir a Jose. No sé si los que veis fútbol y los que lo escuchamos saldremos ganando con el cambio. Ojalá que al heleno le salga la casta del gran conquistador Alejandro (que sí, que ya sé que era macedonio, pero entonces aquello era parte de Grecia, como Ucrania perteneció en sus tiempos a la URSS) y la permuta no nos sepa a yogur agrio. Pero del nueve goleador garantizado, como cantan los Café Quijano, nada de nada ni mucho ni poco. Y el viernes se cierra el mercado. Aunque como igual este año Jaime se motiva con Sampedro, y las “mata” callando…
Por cierto, durante mi cautiverio pedregoso pude meterle un buen bocado a Patria, y espulgué la paella mixta de la tía Antona que, para ser sinceros, y como le pasaba al Pucela de la pasada campaña, tenía de todo y no sabía a nada. Aunque me reservaré –por si acaso estamos en horario infantil– lo que ocurrió cuando, después de acostarme, la prima Antoñita abrió la puerta de mi habitación trampera el viernes por la noche y luego también las demás noches.
Después de todo, uno es siempre un caballero al que no le gusta airear las intimidades de su familia.














Estamos de enhorabuena los aficionados blanquivioletas de poder disfrutar semanalmente de este estupendo narrador.
También tenía yo miedo tras el el set de la temporada pasada de los sevillistas. Crónica divertida, muy bien hilada y con buenos ingredientes (como los de la tía Antona), pero según comentas, con mejor resultado final.
Sigue en esta línea amigo escritor.
A mi en cambio, Patria, se me está atragantando, quizá necesite tres días de descanso.
Es curioso que la primera victoria del Pucela sea fuera de casa y te pille fuera de casa también a ti. ¿Casualidad? 😀
Un placer poder leerte ahora por aquí cada semana, en lugar de cada 15 días. ¡Abrazos!
Nos espera una buena temporada
Buenas tardes querido narradador de infortunios del pucela, creo con toda sinceridad que es un placer la forma con que expresa sus ideas, equivocadas o no sobre este papel digital, fantástica interpretación de una paella mixta, aunque no se digan a veces los secretos de la misma para una buena, ejecución. Enhorabuena.
Otro día que aprendo algo.
Buen artículo.