Ya no quedan lugares para los pendencieros como el Herminio’s Jazz

Publicado el 7 febrero 2026 14:30h
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Herminio's Jazz

Mentiría si dijera que recuerdo cuándo fue mi primera vez en el Herminio’s Jazz. Probablemente no había transcurrido demasiado tiempo desde que conté -primera y única vez- los leones de la Plaza de la Universidad. Porque sí, lo hice, igual que el forastero que llega a Madrid se aposta o se acoda en el lado izquierdo de las escaleras del Metro y no es hasta la cuarta o quinta vez que se da cuenta de que siempre que le piden paso quien lo hace farfulla «este imbécil no debe ser de aquí».

Mis primeros contactos con el jazz provenían de una de mis mejores amigas, que llevaba una vida vintage y oía siempre en casa a Sinatra por influjo de Doña María. Yo ya había tenido anteriores experiencias con plataformas en las que escribía, pero, después de descubrir un día por accidente a José Luis Alvite creía que también era para mí esa vida; tanto que repliqué su Savoy en La Lola’s Club, como si hubiera fumado, bebido y vivido siquiera un 1% de lo que el autor.

Me ha pasado con frecuencia en mi vida, que me atraigan las personalidades sombrías.

Pero a quién pretendo engañar: del Herminio’s Jazz me gustaba la calidez, esa que te disparaba a quemarropa sonando Miles Davis de fondo o algún otro de los clásicos mientras el señor Roberto preguntaba «¿Qué os pongo, pareja?». Tampoco nunca fui demasiado de alcohol. Seguramente fuera mi primera incursión, si acaso la segunda, cuando me pedí un batido de fresa, que viene a ser al tormento lo mismo que si un gánster pretende acabar con el enemigo con una pistola de agua.

Herminio's Jazz
Uno de los míticos batidos del Herminio’s Jazz

Decía que del Herminio’s me gustaba su calidez, porque también puede serlo un lugar ubicado bajando unas escaleras, que aunque uno crea que te transportaban a otra época, cuando no al infierno, en realidad llevaban a un refugio antiaéreo. Por esa época dejé la medicación y empecé a encontrarme un yo que creía mujeriego, pero que en realidad era igual de inocente que todos los otros yo. Puedo decir que al menos ese «¿Qué os pongo, pareja?» lo oyeron unas cuantas mujeres. Si el señor Roberto levantase la cabeza…

Puede sonar a cómplice quien con tanta familiaridad me hablaba, como también la desprendía su hijo Sergio. No creo que recuerde nunca la marca de ron que una noche me recomendó (si no lo hice en la siguiente visita…), pero sí cómo de repente se convirtieron en mis barmen de confianza. Allí llevé -efectivamente- a parejas, a mujeres que me hubiera entonces que lo fueran, a familia y amigos (conocí en el Herminio’s a alguno de los más especiales). Hasta con mi gata habría entrado si hubieran aceptado ese tipo de animales.

A decir verdad, nunca llegué a consumir música de tal manera que pudiera decir que sabía de jazz. Escuchaba en Radio 3 ‘Cuando los elefantes sueñan con la música’, creía que Michael Bublé era un crooner de los de verdad (eso fue antes de que se dedicada al pop comercial) y, como allí había lugar para otros géneros, escuché mucho -muchísimo- ‘Soul’, el disco de Seal (después de todo, con 16 años también había tenido mi momento Linkin Park…). Pero sobre todo, no había una sola semana en la que no pisara el Herminio’s Jazz.

Herminios' Jazz
Pared del Herminio’s Jazz, emblemático bar de Valladolid, hace más de una década

El Herminio’s Jazz y la desaparición del icono

Siempre he tenido la extraña cualidad de hacer desaparecer algunas de mis cosas favoritas. En la adolescencia escuchaba grupos como La Caja de Pandora, Guaraná, Fábula o Iguana Tango -sí, el del cantante de ‘La Ruleta de la Suerte’-. Nunca he vuelto a encontrar cerca de Cañadío aquel bar en el que desayuné la primera vez que volvía a Santander desde mi infancia. Incluso un día mi gata se fue para nunca jamás volver. Con la gente también me pasa (quisiera pensar que menos). Y también me pasó con el Herminio’s.

Quizás fuera por una normativa anti-ruidos. Puede que fueran las quejas de los vecinos. O a lo mejor fue la norma que limitaba la música en según qué garitos, que se cobró la vida de otros dos de mis favoritos: The Black Rose y el Café España -para hablar de ellos ya habrá otro momento-. La verdad es que desconozco los motivos, y bien es cierto que no soy nadie para conocerlos. Lo que sí sé es que su cierre (el primero más que los posteriores) nos dejó a algunos huérfanos.

Porque el Herminio’s Jazz era uno de los rincones más especiales de Valladolid. Un lugar que cogía su apellido de un género musical y de la pechera a los que allí entrábamos. No era el Savoy de José Luis Alvite, ni falta que hacía. Tampoco era mi La Lola’s Club, por mucho que me las diera de escritor en sus mesas bajas (siempre en las de la entrada; a las del fondo solo iba con amigos [que no con parejas]). Y sin embargo, lo echo de menos. Porque, sin él, siento que ya no quedan lugares para los pendencieros… y eso que no soy yo nada de eso.

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Jesús Domínguez

Crecí en la Galicia del 'SuperDepor' y del 'EuroCelta'. En Los Anexos me enamoré del fútbol de cantera. Pasé por El Norte de Castilla, Diario AS y Cadena SER antes de volver a dirigir Blanquivioletas.

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