El Pucela volvió a perder fuera de casa, incapaz de evitar que el Athletic Club le generase un sinfín de ocasiones y le endosara otra goleada, pero dejó destellos de un cambio de estilo que puede producir una mayor competitividad a partir de la solidez defensiva y un juego más directo

Salió el Real Valladolid de su estreno en el Nuevo San Mamés con otra goleada en contra debajo del brazo y con cierta sensación de haber protagonizado un partido que, en realidad, ya había jugado antes.
Como en la película ‘El día de la marmota’, en la que sus protagonistas despiertan sucesivamente en el mismo día que culminó al acostarse, los blanquivioletas se habrán encontrado, al levantarse tras la noche en que el Athletic les pasó por encima –disparó veces, centró en 54 ocasiones, lanzó once saques de esquina…– el mismo escenario ya vivido en Granada y Cornellá: crisis, preocupación, peligrosa clasificación en la tabla, angustia por la sangría recibida. Pero a pesar del agravio, el Valladolid mostró detalles que hacen pensar que la actuación fue distinta aunque repitiese resultado.
Juan Ignacio dispuso en Bilbao un once inédito con Ebert, Rossi, Rubio, Víctor y Óscar por detrás de Guerra, con la incógnita de cómo se organizarían. Se preveía un 4-3-3 pero desde los primeros compases se apreció con claridad un 4-4-1-1 en el que la mayor novedad era ver a Víctor Pérez en la banda izquierda y a Óscar prácticamente a la altura de Guerra.
Sin embargo, no fue el posicionamiento del equipo el elemento más novedoso en el planteamiento. Había dicho Óscar en la entrevista emitida antes del encuentro que la intención en una visita tan complicada iba a ser reducir espacios y aprovechar las contras, y el Valladolid cumplió con el anuncio.
Contra los de Valverde se vio a un Real Valladolid que defendió muy junto multiplicando las ayudas; que trató de robar adelante y salir rápido; más directo en el inicio de jugada evitando riesgos; aprovechando la presencia de muchos centrocampistas de mucha movilidad y talento asociativo para convertir las recepciones de espaldas de Guerra en posesiones en zonas adelantadas.
Con esa nueva idea, más simple, más clara, y con cierta fortuna logró el Pucela adelantarse y generar dos ocasiones más de peligro real en pocos minutos, pero, a pesar de las mejoras, la abrumadora facilidad del Athletic para poner en apuros a Mariño desde bien pronto evidencia que hubo tantos o más problemas sin resolver.

Los vallisoletanos consiguieron, gracias a la consistencia de las dos líneas de cuatro, que Ander y Beñat no filtraran balones por dentro, pero no supuso este obstáculo inconveniente alguno. Los rojiblancos tienen querencia al ataque por fuera y disfrutaron cómodamente de la presencia de Bergdich en el lateral izquierdo y de Víctor Pérez como ayuda más próxima.
Ni uno ni otro lograban posicionarse correctamente y el Athletic volcó con total descaro el campo hacia esa banda en la que siempre lograba superioridad numérica. Además, a pesar de mostrarse compacto en defensa, el Valladolid esperó demasiado atrás y concedió a los leones el gusto de alcanzar con facilidad zonas de centro y de disparo. Tan atrás se metió, mérito vasco mediante, que cuando lograba salir no podía contar con Ebert o Víctor, anclados en la ayuda a su lateral.
A medida que avanzó el encuentro y más exigía el rival, fue viendo diluirse el Valladolid los beneficios del planteamiento, aunque resulta discutible y complicado determinar si el gran nivel mostrado por los locales fue más causa o efecto del progresivo empobrecimiento blanquivioleta; si el dominio mayúsculo propició que el Valladolid se viese metido e su área sin posibilidad de explotar su propósito inicial o si fue la renuncia a discutir el control de la posesión lo que permitió un protagonismo tan grande de los de Valverde.
El resultado final y cierta dejadez en el último tramo de partido han provocado, por aquello del efecto mayor de lo más reciente, que la sensación de inicio de la segunda vuelta resulte más próxima a lo negativo que si se valora el crecimiento del equipo a partir de la nueva idea de juego y el contexto de la paliza recibida, en un campo que el año que viene podría acoger Champions League y donde nadie, ni siquiera el Barcelona, ha logrado vencer.
El Villarreal testará si de Bilbao salió un Valladolid diferente, más difícil de superar y hecho a la medida que mejor sienta a sus jugadores o un Pucela instalado en la rutina mediocre de la primera vuelta al estilo de ‘El día de la marmota’.













