Entre Líneas: Un cambio para sobrevivir a la corriente

Publicado el 9 febrero 2014 23:00h
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Con el impracticable terreno de juego condicionándolo todo, el Real Valladolid manejó bien sus armas para sobrevivir, pero casi se hunde ahogado por su falta de pegada y por una corriente de infortunios en su contra

 

Manucho || Foto: LFP
Manucho || Foto: LFP

No fue el Real Valladolid – Elche que cabía imaginar. A la hora de escribir estas líneas resulta tan manido como necesario incidir en que el protagonismo de la cita del domingo tarde en Zorrilla se lo adjudicó el propio contexto: más agua que césped en el terreno de juego.

Así que cuando quedó claro que el partido iba a disputarse a pesar de las condiciones se alumbró igualmente que entre los factores claves ascendía a los primeros puestos la adaptación al medio: cómo se desenvolverían blanquivioletas y franjiverdes en la obligación de jugar directo.

Los de Juan Ignacio contaban con Manucho. Puede esto ser mucho y nada a la vez en medio de un diluvio. Mucho porque con él en la punta al Valladolid se le supone mayor facilidad para ganar metros sin que ruede el balón que a un rival sin su teórico poderío físico y aéreo.

Y eso intentó el Pucela como primera opción y con Larsson y Omar jugando en un primer momento a pierna cambiada para aprovechar mejor las posibles dejadas del angoleño.

Pero la realidad fue que Manucho apenas ganó tres duelos aéreos en el primer tiempo y cuando ejecutó buenas recepciones y la posesión avanzaba, el equipo no había logrado adelantar posiciones con la misma rapidez, y la acción perdía efectividad o incluso acababa en un robo al angoleño o en una perdida intentando prolongar para la velocidad de Larsson.

El Valladolid apenas sufrió. El 4-3-3 que había dispuesto el técnico alicantino otorgaba al equipo muchísimo equilibrio y el Elche apenas conseguía situaciones ventajosas en ataque. Uno se permite el lujo de suponer que Juan Ignacio no modificó el planteamiento en función de la imposibilidad para desplazar por bajo y en corto el balón. Que en su cabeza el sistema del primer tiempo era el más adecuado para combatir el talento ilicitano para la asociación en mediocampo en unas condiciones ambientales normales y que vista la piscina de Zorrilla decidió seguir adelante, bien pensando en que seguía siendo el mejor camino o bien por la confianza en los once nombres dispuestos.

Y cierto es que el Valladolid consiguió ser más que su rival durante el primer asalto, que el Elche apenas hacía daño y las escasas cosas que sucedían tenían lugar más cerca de Toño. Sin embargo es muy probable que al Pucela le estuviera sobrando centro del campo, que la incapacidad de su rival fuera propiciada en su mayor parte porque el agua estropeaba el único juego que domina y castigaba su menor físico, y que se necesitaba más ayuda en la finalización que en la creación, más pies amigos cerca del receptor y menos del emisor de un balón largo.

Bien imbuido por esto o por verse en contra en el marcador, tras un gol visitante en el que cuesta distinguir si hay error en la marca, pasividad defensiva en el área pequeña o fortuna de los de Escribá en la segunda jugada tras córner, Juan Ignacio optó por simplificar el centro del campo y regalar un socio a Manucho. Y el equipo lo agradeció tanto como sonrió a la calidad de Jeffren en las poquitas acciones cercanas al área que pudo acometer.

Con la doble punta el equipo fue tan directo como en la primera parte, pero mucho más temible (todo lo que puede serlo un equipo en el que tanto escasea la pegada), y sus ataques tenían más continuidad, por las victorias en los rechaces al estar el equipo más junto adelante.

Larsson || Foto: LFP
Larsson || Foto: LFP

Manucho ganó más duelos aéreos y estos producían posesiones más útiles, con los laterales más adelantados por el repliegue del Elche, con Larsson merodeando muchó más cerca y con Rossi habilitado para llegar a rechazos. Solo la inocencia de Larsson y Rukavina de cara a portería impidió que llegara antes el 1-1 que el 0-2, en una acción que sugiere las mismas dudas que la del primer tanto.

Entonces, con todo perdido, la prueba del algodón y la entrada de Osorio. Desde que el Valladolid digirió la traumática verbena de Granada a través de una evolución en el juego que daba de nuevo algo de luz a su lucha por la permanencia, ningún partido le había enfrentado otra vez a la tesitura de un golpe moral como este: dos goles por debajo de un rival directo que se alejaría muchísimo en la tabla, con solo media hora por delante.

Y en el alambre del que había caído tantas veces esta vez sobrevivió a base de convicción (se necesita mucha para seguir ejecutando un guion al que no dejaban de salirle infortunios), fe y la calidad de Osorio.

El colombiano puso el acierto goleador que se le conocía y del que tanto carece su equipo y rescató a un Valladolid que nadó más y mejor que su rival para escapar del aguacero, pero que tuvo mucha corriente en su contra y poco gol para remar con fuerza.

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