Los cambios y mejoras que se advirtieron en Bilbao se confirmaron ante el Villarreal, con el añadido del recién incorporado Mitrovic. El Real Valladolid es menos inocente a la hora de utilizar el balón y eso le hace más seguro cuando no lo tiene, amén de otorgarle una confianza en aumento

Poco antes de comenzar a escribir estas líneas, en un típico paseo por Twitter, me encontré con un debate lanzado por Miguel Quintana, redactor de la muy recomendable web Ecos del Balón, en relación a declaraciones pospartido de Paco Jémez y Javi Gracia de este domingo.
El técnico del Rayo Vallecano había asumido la responsabilidad del primer gol encajado por su equipo frente al Atlético (provocado por una pérdida en un pase entre el portero y el central para iniciar jugada) afirmando con rotundidad no solo que el error fue producto de sus órdenes, de su apuesta de juego, si no que la idea se mantendrá a pesar de estas situaciones.
El entrenador de Osasuna decidió cambiar su planteamiento en el minuto 35, retirando a Cejudo para introducir a Acuña y actuar con dos delanteros, optando, como él mismo reconoció en rueda de prensa, por jugar más directo para solucionar las dificultades combinativas de los rojillos y dejar de sufrir por las pérdidas en campo propio.
Más allá del interés del debate en sí mismo, de la estimulante discusión sobre en qué punto la convicción en una idea se convierte en déficit de elasticidad en los planteamientos para maximizar el rendimiento de un equipo, sirva la introducción para exponer que la cuestión afecta también al caso concreto que ocupa este artículo; el del evolucionado Valladolid de Juan Ignacio Martínez.
Si en Bilbao asomó un Pucela diferente y renovado (como confirmó Álvaro Rubio entresemana en Directo Marca Valladolid: «Se vieron cosas que no se habían visto hasta ahora»), ante el Villarreal el cambio de apuesta y sus beneficios se hicieron todavía más evidentes.
El equipo ha asimilado su dificultad, casi imposibilidad, para competir en partidos ‘alegres’ y abiertos; que sus opciones aumentan cuantas menos cosas suceden y los detalles, la intensidad e incluso la necesidad de puntos ganan influencia sobre la calidad técnica, dónde los blanquivioletas son inferiores a la mayoría; ha asumido que no maneja la misma facilidad de épocas pasadas para iniciar el juego de forma tan asociativa a través de los centrales y Álvaro Rubio, y que puede aprovechar el éxito de Guerra reciclando balones largos en zonas adelantadas.
Salir jugando más largo y más exteriormente se puede convertir en una herramienta defensiva clave para los de Juan Ignacio. Lejos de repetir hábitos presentes en algunas derrotas, con Marc Valiente, Jesús Rueda, Álvaro Rubio y hasta Sastre protagonizando las combinaciones de pases más repetidas (fenómeno especialmente visible contra Granada y Osasuna), ante el Villarreal fue un lateral, Carlos Peña, el que se encontró en el origen o el destino de las cinco vías de pase más frecuentadas; y en Bilbao los recorridos más producidos fueron los que se dirigieron de Mariño hacia Guerra y de Guerra a Óscar.
Alejar la creación de las zonas más arriesgadas ha aportado una tranquilidad y confianza que permiten al Valladolid sentirse más cómodo y tranquilo en un momento en el que los errores individuales venían poniendo de manifiesto el estado de nervios de los jugadores por la situación clasificatoria.
De esta forma se hizo notable la mayor confianza del equipo con balón, al ser menos peligrosa una posible pérdida, y sin él, al perder la posesión cada vez más lejos de su portería y tener la posibilidad de defender de frente. Además, estar tan junto permitió al Valladolid presionar muy coordinado cada vez que el Villarreal recuperaba y así evitar una salida rápida y poder replegar. Lo sufrieron los de Marcelino: incapaces de girar a su rival y así amortizar su velocidad se vieron forzados a atacar en estático mucho más de lo que sus cualidades les hacen desear. Y así pasaron muchas menos cosas. Mejor para el Pucela.

Foto: Real Valladolid
Un central zurdo
¡Cómo debutó Mitrovic! Atento al corte, a la anticipación y a su espalda al mismo tiempo y ganador por arriba. Su presencia en el once dio a Juan Ignacio Martínez una opción de la que no había dispuesto hasta ahora: poner un central zurdo sin que ello suponga escoger para el puesto a un no especialista y, además, tener que alinear por al lateral izquierdo suplente, con lo que ello (que juegue Bergdich) conlleva.
Y el beneficio de la mejora que ofreció el balcánico fue incluso doble: lo que aportó propiamente su brillante partido y su capacidad, como zurdo, para jugar en largo o despejar estando girado a la banda; y poder devolver a Rueda a su lugar natural, el de central diestro, donde había alcanzado su mejor nivel como defensa en las dos últimas temporadas y donde el sábado se marcó un partido, gol incluido, que le hará recuperar la buena linea que él mismo daba por temporalmente perdida.
Si bien la pareja Mitrovic-Rueda fue causada por la lesión de Valiente, la actuación de ambos puede abrir un bendito debate cuando el de Granollers esté disponible y si el recién incorporado mantiene el nivel de su estreno.
Actitud
Probablemente haya sido la frase más pronunciada en los corrillos posteriores a la victoria del sábado: «Si hubieran tenido esta actitud antes no estaríamos así». Sin embargo, aunque fue evidente el ánimo de lucha y el esfuerzo dedicado a buscar los tres puntos, no parece tan claro que la causa de los males anteriores y las virtudes recién disfrutadas fuera la actitud.
Correr y pelear el Valladolid lo había hecho en todos los partidos, si bien en ocasiones le surgían dos problemas: que el equipo se deshacía y bajaba los brazos cuando encajaba o cuando cometía errores por falta de confianza y que no todos los jugadores dedicaban el mismo porcentaje de su sacrificio a la causa común. Ambos obstáculos pueden haberse el resuelto el sábado. A seguir progresando.














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