José Ignacio García acabó viendo el Real Valladolid – Nàstic por casualidad tras una extraña noche de sábado. Nos cuenta cómo fue

Hay días en los que uno no sabe muy bien qué hacer, y otros en los que necesitaría desdoblar su personalidad para poder acudir a varios eventos que se celebran a la vez. Anoche la prima Antoñita, la hija de mi tía Antona, la de las paellas que llevan de todo y no saben a nada, celebraba una fiesta; había un concierto de guitarras sinfónicas que prometía bastante; y las chicas del Aula Cultural jugaban su partido de liga en casa, y llevo varias semanas prometiéndole que voy a ir a verlas a Jorge López, su preparador físico, que –visto el espectacular arranque de temporada– las prepara muy bien, y sí, ya sé que anoche acabaron perdiendo, pero su rival era de cuidado y el mejor escribiente cae de vez en cuando una mancha de tinta en un folio inmaculado.
Pero además de todos esos eventos, se presentaba un libro en la ciudad que llamaba poderosamente mi atención. Tanto, que al final fue la opción que escogí, descartando las demás. Y elegí bien. La librería estaba llena, y el autor –maestro en el difícil arte de narrar historias emotivas economizando al máximo las palabras– tuvo la deferencia de regalarme dedicado un ejemplar de su obra, como muestra de afecto y para que la reseñe en uno de los periódicos en los que colaboro, porque no crean ustedes que sólo de escribir de fútbol vive este cuentista, que para llegar a fin de mes tiene que echar más cuentas que los matemáticos y que los entrenadores, y –como a muchos de ellos– hay bastantes meses al cabo del calendario en los que esas cuentas no le salen.
Pero no quiero martirizarles con miserias particulares, por mucho que últimamente se hayan vuelto colectivas. En la presentación me encontré con dos de los mejores poetas vallisoletanos que conozco; y como lo bueno que tenía el encuentro era que ellos escriben en verso y yo en prosa, y que por lo tanto no nos hacemos demasiado la competencia, al acabar el acto dudé si quedarme hablando con ellos, para airear cada uno nuestras últimas proezas con la pluma, o si los dejaba impregnando el aire de la noche fría con sus palabras rutilantes y yo me iba a la fiesta de mi prima Antoñita, para ayudarla a recoger cuando cada pájaro (y seguro que habría unos cuantos, y de variados plumajes) volará a su nido. Pero como la fiesta de mi prima se alargaría y coincidir con ellos es casi tan difícil como acertar un pleno quinielístico, decidí posponer la visita familiar y dedicarle las primeras horas de la noche a otras musas.
Sin embargo, la velada se extendió más de lo imaginado. El café, calentito y urgente, dio lugar a la cena imprevista, y esa a la tertulia relajada con bebidas espirituosas y gominolas de por medio. Tanto se alargó la reunión, y tan entretenida y dulce fue, que perdí la noción del tiempo, me olvidé por completo de mi prima, y no fue hasta llegar a mi domicilio medinense cuando descubrí horrorizado que también me había olvidado en alguno de los locales que visitamos el libro que su autor me había dedicado.
Créanme si les digo que no he pegado ojo en toda la noche, y no precisamente porque el café descafeinado o la Coca Cola Light me hayan producido insomnio, o no visitar a mi prima remordimientos. Ha sido la pérdida del libro la que me ha desvelado. Me he sentido como el niño de aquel antiguo anuncio de los donuts y la cartera. Fui a Valladolid con un solo objetivo, y me lo olvidé en la butaca de qué sé yo qué bar.
Esta mañana me he levantado con el azúcar por las nubes, es lo que tienen las resacas de Coca Cola Light y gominolas, y con un malestar y una indignación íntimos que aumentaban por momentos. No he querido importunar a los poetas, porque no sé si los domingos madrugan para tejer versos o si aprovechan para compartir más horas de las acostumbradas con sus respectivas camas. Tampoco he querido llamar a ninguno de los bares donde acampamos, porque ignoro dónde dejé olvidado el libro, porque me quedaba el consuelo (que en otras circunstancias habría aborrecido) de pensar que para mucha gente un libro personalizado no es una joya, y porque a veces soy tan ingenuo que creo que el mundo está lleno de almas generosas y caritativas que devuelven a sus dueños los libros o los donuts o las carteras que han extraviado.
En lugar de eso, he optado por regresar a Valladolid después de comer, con la intención de buscar mi libro como un sabueso rastrearía la pista de un objeto perdido. Sin pensar en los versos de Machado, he andado el mismo camino que los poetas y yo hicimos anoche, y he vuelto a los establecimientos que visitamos, casi convencido de que antes o después, y a base de intentarlo, iba a tener suerte. Pero no ha sido así. Sólo deseo que quien haya adoptado mi libro, porque la dedicatoria era como un documento que dejaba de hacerlo anónimo para convertirlo en uno de mis bienes patrimoniales, lo disfrute tanto como yo pensaba disfrutarlo. Aunque resultaría pintoresco que esa persona no reparara en la dedicatoria, y se lo regalara a la persona que ama, como si fuera un detalle específico para ella, que se quedaría –supongo– estupefacta, y con ganas de zanjar su relación, cuando viera que en la cuarta página había una dedicatoria que no llevaba su nombre. Qué quieren, los escritores somos con frecuencia así de crueles, e ideas tan rocambolescas como esa son las que nos dan para escribir un relato.
Abatido, he acabado amarrado a la barra del último bar que anoche encontramos abierto. En una pantalla gigantesca, que ocupa casi entera una pared, está empezando el partido del Pucela. Esto está chupado, aventura un parroquiano, el Nàstic lleva tres partidos sin marcar, tiene muchas bajas y están en puestos de descenso, el Pucela hoy les mete otros cuatro, como al Córdoba o al Alcorcón. No sé porqué, pero tengo un mal presentimiento. Llevo una racha tan aciaga que sólo veo oscuridad a mi alrededor. Pienso en el dicho del cazador y la piel del oso, pero trato de disipar mis nefastos presagios; después de todo, el fin de semana se merece un final feliz. Pero Ángel y Olivas no están por la labor de concedérmelo. Los rivales han descubierto el talón de Aquiles del equipo de Sampedro, y lo destrozan sin piedad. Con el marcador en contra, el eterno optimista del comentario anterior vuelve por sus fueros; que sólo es un gol, que el Pucela remonta seguro, que la posesión de balón es absoluta y la presión sobre el área rival agobiante. Y tiene razón. Pero al descanso las funestas presunciones siguen revoloteando en torno a mí como bandadas de palomas negras. La segunda parte comienza con el mismo guión, presión insistente y estéril, juego sin ideas, rumbo sin brújula… El Valladolid es como un ejército infantil que trata de derribar los muros de una fortaleza con arietes de plástico y espuma. Y enseguida un nuevo regalo al alimón de Calero y de Masip, que no se entienden, y es normal, porque no han jugado mucho juntos hasta ahora, y el que no doy un patadón para demostrar al míster lo bien que juego la pelota desde atrás, de uno, y que voy a hacerte compañía porque me aburro solo en la portería, del otro, genera el cero a dos. La cosa se complica más. El parroquiano del bar se ha quedado mudo. La remontada se convierte en un objetivo casi imposible. Gianniotas, Hervías y Villalibre aparecen sobre el terreno de juego, pero son como tres pistoleros que se han dejado olvidadas sus armas en el vestuario. Los tarraconenses emplean todo su repertorio de argucias para romper el ritmo al rival y perder todo el tiempo posible. Su portero parece un actor de Hollywood, que no deja de cojear y de pedir el auxilio de las asistencias para que lo bañen con agua bendita. Y el Valladolid es como un anciano que, como yo mi libro, ha perdido la dentadura postiza y no puede morder un bocado demasiado duro. Para colmo, un balón caído del cielo vuelve a poner de manifiesto las carencias defensivas de los blanquivioletas, que hoy tampoco tienen ángel. Plena eficacia y máxima rentabilidad visitante, tres de tres ante un Masip inédito. Al Nàstic le sale la ecuación. Al Valladolid, no. Para los pucelanos, dominio partido por falta de efectividad es igual a fracaso.
Para apurar esta aciaga tarde de domingo, creo que voy a llamar a Luis César, para ver si quiere que vayamos juntos a buscar nuestros libros perdidos, el mío dedicado, y el suyo de cálculos y estilo de juego, en el que hasta hace unas semanas sí que le salían los esquemas y las cuentas.














Buenas. Vamos, vamos. Animo que todo se puede solucionar. Una nueva cita en la librería y tendrás tu ejemplar dedicado nuevamente. Como también tendremos todos los aficionados dedicada una nueva victoría del Pucela ante Paco Herrera – perdón ante el Sporting-
No lo dejes en intención, llámale y encontrad el buen juego uno y el libro dedicado, el otro.
Seguro que es una mala racha. Divertido artículo estimado cuentista.