José Ignacio García comprobó el pasado fin de semana que a veces sí, la gente enferma en días de fiesta… o de fútbol

Alguien me dijo una vez que la gente no se pone enferma los días de fiesta. Eso sería antaño, cuando la balanza laboral se vencía hacia el platillo de la oferta abundante, y el personal esperaba al lunes para cogerse una baja. Pero hoy, que el trabajo es un bien escaso y que muchos patronos prescinden de sus asalariados con la excusa más pueril, las cosas han cambiado.
Quizás por eso la sala de espera del hospital esté repleta de personas a las que hace iguales una sola cosa: el dolor.
Con frecuencia, sobre todo si no tengo algo mejor que hacer, juego a meterme en la piel de desconocidos que el azar ha situado cerca de mí. Así, en un restaurante, por ejemplo, me imagino la profesión de los comensales, su grado de relación sentimental, sus estados de ánimo o su categoría social. Pero acabo de descubrir que en un hospital eso no vale. Uno no va a Urgencias con sus mejores galas y su cara de domingo; y los espasmos, los quejidos y los gestos de aburrimiento despistan mucho, tanto en el caso de los enfermos, como en el de las personas que los acompañan.
Otra cosa es que la galería de personajes dé para escribir infinidad de relatos que se esconden tras los semblantes de los que se lamentan de forma más o menos ostensible o de los que maldicen por lo bajo el día de sol y paseo que están perdiéndose por culpa de un dolor de muelas, de tripa o de garganta de la persona a la que sirven de lazarillo.
Niños y grandes, mujeres y hombres, deportistas sentados en sillas de ruedas con el tobillo envuelto en hielo, sesentones con ropa de andar por casa, ancianas que parecen pordioseras. La sala de espera es como un catálogo de biografías heridas, donde uno puede encontrar las historias menos pensadas.
El apelativo de sala de espera también tiene su guasa. Más bien parece la mazmorra de la desesperación, donde nos hacinamos todos los enfermos, con la esperanza baldía de que el siguiente nombre que se escuche por la megafonía sea el nuestro. Pero, de momento, llevo casi tres horas sentado sobre un asiento incómodo, inmóvil e indefenso como un cetáceo varado en una playa. Se ve –ese es mi endeble consuelo– que, tras la primera exploración en el box de Triage, los médicos han considerado que mi caso, por molesto que sea a ratos, no es de los más graves. Eso, o que hayan perdido mis papeles, y eso sí que sería un chiste sin guasa.
Consulto el reloj, es como si aquel fuera el único lugar en que no pasara el tiempo, por más que se empeñe en distraernos con su anecdotario de enfermedades la señora oronda que está sentada frente a mí, y que acompaña a un niño que se avergüenza más de la incontinente verborrea de su madre que de manifestar su propio malestar. Le guiño un ojo cómplice y el chaval me responde con una breve sonrisa, resignada y dolorida.
Vuelvo a consultar mi reloj. Ya es un hecho que no voy a poder ver en la tele el partido del Pucela en Vallecas, que es territorio propicio para el optimismo y los buenos resultados. Si al menos me hubiera traído unos auriculares, podría escucharlo a través de la radio del teléfono. Tendré que conformarme con consultar de vez en cuando la pantalla, para ver si Mata consigue un hat-trick que nos lleve a los laureles del liderato en solitario.
Pero mientras el remusguillo que me ha llevado a Urgencias empieza a convertirse otra vez en una opresión desazonante allá abajo, donde muchos hombres fundamentan su virilidad, las cosas no pintan bien para el Valladolid, que ya pierde dos a cero, y apenas si ha transcurrido poco más de un cuarto de hora de partido. Una voz femenina y neutra anuncia un nombre por los altavoces, para que pase al box de Trauma, al chiquillo se le alumbra la cara y se levanta, como empujado por un resorte. Mientas se aleja hacía la puerta mecánica se vuelve y me mira, como lamentando dejarme solo ante el peligro o el aburrimiento.
Tengo ganas de ir al baño, pero sé que es tontería, porque por mucho que apriete, y por mucha presión que sienta en la tripa, del grifo no va a salir ni una gota. No es la primera vez que me pasa, pero mi médico de cabecera dice que esto es chapa y pintura, cosas de la edad que se arreglan con unas pastillas que parecen bolitas de sacarina. Pero hoy mi médico no hace guardia, y albergo la esperanza de que en Urgencias haya algún chamán que obre el milagro que me haga mear. Hago fuerzas, aún a riesgo de que se abran de repente las compuertas –sé bien de lo que hablo– y mis pantalones queden empapados. Pero no es el caso. A los que les están mojando la oreja en el feudo franjirrojo es a los discípulos de Sampedro. Tres a cero, pierden al descanso. La esperanza del trío de goles de Mata y del liderato empieza a parecer una quimera tan imposible como todas las quimeras.
Un fortachón de unos cuarenta años se sienta en el banco que han dejado libre el niño y la cotorra disfrazada de madre. Vaya de antemano que no me gustan los hombres, pero éste tendría un aspecto atractivo si no fuera porque luce una nariz hinchada, como de payaso, y el pómulo izquierdo tumefacto. Por un momento vuelvo a mis juegos imaginativos, y me pregunto contra qué muro se habrá estampanado con un coche o quién le habrá utilizado de sparring pugilístico. Pero no estoy para muchas divagaciones. Bastante tengo con lo mío.
El Pucela recorta diferencias “de plano” en Madrid, pero pronto el Rayo aumenta la distancia, y nos receta la misma medicina que el Valladolid al Córdoba el sábado anterior en Zorrilla. Parece una película calcada, en la que sólo cambia el escenario y el verdugo se convierte en víctima.
Suena la melodía de la última canción del verano en el móvil del recién llegado que, desoyendo la letra, lo coge enseguida. Pues ya ves, yo aquí, en Urgencias, informa a su interlocutor o interlocutora (y en este caso la disyuntiva es procedente, porque no sé con quién está hablando), y tras un breve silencio, en el que se limita a escuchar, añade: sí ya sé que me dijiste que cualquier día me iba a partir la cara el novio de mi ex o el marido de Lore, por ser tan atrevido, pero no ha sido así, créeme.
Las distracciones ayudan a olvidar los dolores. Lo acabo de experimentar en mi propia vejiga. Ahora lamentaría que retumbara mi nombre en la sala, y que no pudiera saber cómo acaba la aventura. Sin embargo, el dios Asklepios se apiada de mí, y mantiene durante un rato traspapelado mi informe médico preliminar. El muchachote es un donjuán de categoría o un fantasma de tomo y lomo. Sin cortarse una cana (entre otras cosas, porque no las tiene o se las tiñe) explica a su contertulio –por la conversación tiene que ser un hombre– que se ha vuelto a acostar durante el fin de semana con su ex, con la tal Lorena y que ha añadido a su agenda de contactos carnales a una pelirroja que conoció el sábado por la noche en una discoteca. De ser verdad, eso sí que es un hat-trick de campeonato, y no el que yo quería atribuirle a Mata.
Lo curioso es que no le han embestido un toro furioso o un enamorado engañado, que –para el caso– casi vendría a ser lo mismo. Al parecer le han atizado de lo lindo un par de rateros que querían robarle el bolso a una mujer, cuando –cual paladín heroico– ha salido en su defensa en una terraza, a la hora del vermú.
Sé que no voy a ser original al afirmar que los cementerios están presuntamente atestados de valientes. Pero la vida, como el fútbol, a veces es una metáfora triste, en la que te pueden partir la cara por arriesgar más de la cuenta.
Claro que –a modo de consuelo– siempre quedará el linimento del tiempo, que a unos les curará las heridas sin dejar cicatrices, y a otros, si la fortuna premia su osadía y no condena su testarudez, volverá a colocarlos en lo más alto de la tabla.














Gran artículo!
Te has marcado un artículo genial querido José Ignacio. Felicidades. Te deseo una temprana recuperación de esos dolores y molestias. Seguro que lo del Valladolid, ha sido también un leve tropiezo y pronto recupera la buena sintonía demostrada en jornadas precedentes
Lástima lo del Pucela. Yo también pasé la tarde en urgencias, por desgracia, igual que tú y también vi a la señora oronda y parlanchina de la que hablas,no se que hospital fue el que tu visitaste y en el fondo creo que eso es lo mismo, por que da igual al que vayas, aunque sea en la otra punta de España, o la vecina Cataluña, ahí está.¡No falla la tía!
Bonita historia, final triste por lo del Pucela. espero que a estas alturas estés totalmente restablecido, señor comentarista