Destino o casualidad

Publicado el 25 octubre 2017 02:00h
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¿Sabías que Míchel Herrero nació el mismo día que Fernando Alonso? José Ignacio García hasta hace unos días tampoco

 

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Míchel intenta controlar el balón ante Campillo

Haz el favor de quitar la radio, sabes que no soporto el fútbol. Sonia ha entrado en mi vetusto utilitario dando órdenes, como es ella. Trae un cedé de la mano y me lo da para que lo ponga. Acabamos de salir de un bar donde, en lugar de mostrar el partido del Pucela, en la televisión estaban echando vídeos musicales que, para colmo, no se correspondían con las canciones que se escuchaban en los altavoces. Eso me ha cabreado, y por eso nos hemos ido. Y va ella, y encima casi ni me deja enterarme de que el Valladolid va palmando cero dos al descanso del partido contra el Lugo. Y no me ha enfadado todavía más ese resultado o que me haya obligado a quitar la radio. Lo que más me ha fastidiado en esos breves instantes en que justo he podido escuchar un fogonazo de la ronda de ‘Tiempo de Juego’, ha sido que Juan Carlos Amón proclamara la injusticia de un marcador que castigaba cruelmente la mejor primera parte del equipo blanquivioleta esta temporada, y el partido colosal de Juan Carlos, el guardameta lucense que, por lo que oigo, no ha parado de parar y de lucirse.

El cedé que me ha pasado Sonia es de Melendi, empieza a sonar y ella empieza a cantar la primera canción desaforada, como si fuera una cría de trece años que acude a su primer concierto. Toyi, Gus, Mon y yo fuimos a verle el viernes al polideportivo Pisuerga y no puedo dejar de escucharle y de cantar sus canciones desde entonces, me dice, y añade: y mientras hacíamos cola vimos entrar a Míchel Herrero por la puerta de invitados. Me quedo sorprendido, la miro y la pregunto: ¿Pero no decías que a ti no te gusta el fútbol? El fútbol no, pero Míchel sí, porque es muy guapo, y además he fisgado en la güiki y he visto que nació el mismo día que nacisteis Fernando Alonso y tú. Vaya coincidencia, pienso yo antes de echarle en cara que es una mujer casada. Sí, pero aunque una no tenga hambre puede mirar lo rica que está la carta de un restaurante, me contraataca, porque Sonia, además de mucho carácter, tiene siempre contestaciones para todo.

Llegamos a otro local que queda más cerca del estadio. Mientras se baja del coche y se pone a escribir un whatsapp, enciendo un momento la radio, y justo escucho que acaba de recortar distancias el Pucela, y quién ha marcado: Míchel Herrero, ese oscuro objeto de deseo de la mujer de uno de mis mejores amigos. ¿Será otra señal?

Estaba escribiendo a los chicos y a mi hermana, me advierte cuando cierro el coche y me acerco a ella, para que cuando acabe el partido vengan a buscarnos aquí. Cruzamos la calle y entramos en un pub amplio, alumbrado con una luz indirecta que invita a la intimidad y que huele a manzanas verdes recién cortadas. Mientras Sonia se dirige a la barra para pedir una ronda de lo mismo que estábamos tomando en el otro garito, me pongo a pensar en los caprichos del azar. Victoria y ella son hermanas gemelas. Y Gustavo y Ramón, también. Ella y Gus se conocieron en París. Cada uno iba en un viaje de fin de bachillerato distinto. Sonia había estudiado en el Núñez de Arce y Gustavo en el instituto de La Rondilla. Nunca se habían visto en Valladolid, y tuvo que ser París, la ciudad del amor, la que los hiciera coincidir en vano. Y digo en vano, porque allí no pasó nada entre ellos que no fuera más allá de echar unas risas para celebrar que dos chicos vallisoletanos hubieran tenido que viajar a París para conocerse. No sería hasta algunos meses después, en una discoteca de la calle Gamazo, cuando Sonia descubriría una cara que le resultaba vagamente conocida. Se dirigió a él para saludarlo, pero el muchacho la recibió con la frialdad y la extrañeza con que se atiende a un desconocido. Sonia se enfadó, se puso a despotricar sobre las amistades efímeras y cosas por el estilo, mientras el chaval no salía de su asombro. Fue cuando Sonia le llamó Gustavo, cuando comprendió el malentendido y se echó a reír. La risa franca de Ramón mosqueó aún más a una Sonia que, apenas un par de meses después, se había convertido en el amor de su vida. Lo de Gus y Victoria, por el contrario, fue una consecuencia de la relación entre Sonia y Mon, un intercambio de cromos repetidos. Toyi y Gustavo eran la parte débil, por así decirlo, de ambas parejas, los que siempre iban a remolque de los otros dos, los calcetines sueltos que no sabrían qué hacer si sus hermanos emprendieran unos caminos que los alejaran de ellos. Por eso estaban condenados a entenderse, y su amor, bien avenido pero menos apasionado y burbujeante que el de Sonia y Ramón resiste los embates del tiempo, porque se dejan llevar a remolque de sus hermanos dominantes, igual que se dejan arrastrar las olas que llegan a la playa empujadas por el influjo lunar.

Mientras esperamos la llegada del trío futbolero, Sonia no para de darme detalles del concierto de Melendi, de lo bien que cantó, de las reflexiones que hizo, anunciando incluso que había vivido una temporada en Valladolid, y hasta la cautivó que se preocupara por una chavaluca que se mareó justo delante del escenario. Según ella, el cantante asturiano, el genio de las letras maravillosas, es un referente para ovejas descarriadas, un claro ejemplo de superación personal. Lo mismo que el Pucela, que ha empatado de penalti y casi sobre la bocina. Lo sé porque lo han celebrado dándose abrazos unos chicos que están viendo el partido en otra zona del pub a la que mis ojos no tienen acceso.

Cuando Victoria, Gustavo y Ramón aparecen, hay distintas expresiones dibujadas en sus rostros, Gus viene casi tan eufórico con el empate como su cuñada con el concierto de Melendi, porque después de otro error monumental de Ángel y de los centrales, y de una pena máxima inexistente, el equipo ha sabido remontar; Mon está indignado con el arbitraje, por un gol mal anulado al Pucela, por un penalti clarísimo a Óscar Plano que el colegiado los ha birlado, le han matado y rematado, dice, y el trencilla sólo estaba en el campo para desconcertar hasta al del videomarcador, concluye; y Toyi, por su parte, mantiene una expresión neutra y trata de poner paz a base de buen juicio. Que Toni y el portero del Lugo han sido los mejores, en eso estamos empatados, que jugaba el mejor ataque contra la mejor defensa, otra vez tablas, que jugaba el mejor local contra el mejor forastero, otro duelo equilibrado, con tanta igualdad, cómo iba a terminar el partido, por mucho que Sampedro o el lucero del alba se quejen de la escasa efectividad y de la vulnerabilidad de los nuestros, y de la certera eficacia de los gallegos. Y escuchándolos, pienso que otra oportunidad que se nos ha escapado; que el Pucela sigue sin ganar al Lugo en un partido oficial; y que la estadística en esta ocasión está reñida con la realidad, porque el equipo que más goles ha conseguido hasta ahora en Segunda ni siquiera está situado entre los seis primeros. Con esa comparativa, a mí no me salen las cuentas ascensoras.

Victoria dice que van a echar en la tele una película que quiere ver tranquila, en casa. Amago con disolver la reunión, pero Gus se opone, y dice que después de hacer tantas componendas para quedar no nos vamos a separar tan pronto, que podemos jugar una partida al póquer mientras su chica ve la película. Al final su propuesta tiene más éxito del que el Pucela ha tenido esta tarde sobre el césped de Zorrilla, y nos vamos a su casa, de timba.

Toyi es una anfitriona excepcional y diligente. En un momento se ha ocupado, como si fuera una filántropa que practicara las obras de misericordia, de calmar nuestro apetito y de aliviar nuestra sed con un ágape de categoría. Luego nos ha dejado a nuestro aire, y se ha sentado en el sofá, dándonos la espalda y vía libre para que jugáramos a nuestras anchas.

Gustavo, como dueño de la casa, barajea y reparte los naipes. Yo levanto uno a uno los míos, me quedo con tres y hago mi descarte. Gus me lanza sobre el tapete dos nuevas cartas. Las observo con la precaución inexpresiva de un tahúr. Sonia le pregunta a su hermana cómo se titula la película. “Dobles parejas”, responde Toyi indiferente. Y yo, mientras tanto, acaricio con las yemas de los dedos mis parejas de reyes y damas.

Como dice Melendi en una de sus canciones, me pregunto si todo lo que ha ocurrido esta tarde a mi alrededor no habrá sido obra de eso que algunos llaman destino y otros prefieren llamar casualidad.

José Ignacio García

Escritor y columnista.

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1 comentario en «Destino o casualidad»

  1. Casualidad, querido amigo, todo es casualidad. Hasta el destino lo es. Entretenida crónica de una tarde de domingo. Deseo que ese mus no acabara en tablas como nuestro querido Pucela.

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