
Foto: Raquel Gómez
Señor Herrera, a través de la presente quiero expresarle lo hondamente cabreado que estoy con usted. Lo que me ha hecho no tiene nombre. Así no se trata a las personas que nos dedicamos a escribir y a predecir el futuro al mismo tiempo. Debería usted haber tenido un poco de consideración hacia mí y hacia mi reconocida y prolongada capacidad adivinatoria (el otro día, sin ir más lejos, clavé el tres a cero del Madrid al Atleti en la Champions) y haberse dejado meter una manita en Almería, para consolidar los argumentos de mi anterior colaboración en Blanquivioletas, y –lo que es más importante– para no haberme hecho regresar a toda prisa de un breve retiro revitalizador para reescribir a la carrera mi colaboración quincenal con este medio.
Sí, señor Herrera, sí. Ha leído usted bien, para reescribir la crónica que ya tenía rubricada desde hace días, y que se titulaba «Colorín colorado». Pero va usted y le mete tres en su propia despensa a un Almería en racha, y me deja como al periodista que protagonizaba ‘Bel Ami’, la novela de Maupassant, que se inventaba las entrevistas y las crónicas, sin asistir a los eventos de los que hablaba, aun a riesgo de que alguno de ellos fuera suspendido o cambiara de actores, sin que él tuviera la posibilidad de enterarse y de enmendar su yerro.
Claro que contó usted con la ayuda inestimable del señor Becerra, que parece empeñado en demostrar de una vez que es un gran cancerbero, que además se lleva muy bien con los palos de su portería, que también cuentan; y de sus delanteros, que al final van a confirmar que son eficaces, cuanto menos. ¿Y sabe usted una cosa? Un entrenador que tuve yo en mis tiempos de juveniles, cuando jugaba de portero y soñaba ingenuamente con emular algún día al mítico Luis Arconada, me decía que un equipo que no fuera de campanillas ganaba muchos partidos con un guardameta que parara y con un delantero que marcara. Y eso, que podía parecer una perogrullada entonces, me ha demostrado con el paso de los años que era una realidad evidente, para bien (que se lo pregunten al Atlético de Courtois, Oblak, Falcao y Diego Costa) o, en el sentido contrario, al Brasil de España 82, con aquel equipazo inolvidable, que era como una orquesta maravillosa en la que sólo desafinaban un portero tan calvo como nefasto –Valdir Peres, creo que se llamaba– y un delantero centro torpe y grandullón –¿Serginho, acaso?–, que no se las metía ni al arco iris después de una tarde de lluvia.
Así que, no me duelen prendas, y tengo que pedirle perdón (aunque eso no quita para que siga muy enfadado por haberme obligado a reescribir mi crónica). Sí, sí, insisto de nuevo, tengo que pedirle perdón por tildarle con cierta sorna de abuelo y de cuentacuentos en mi anterior crónica. Varias personas se han dirigido a mí y me han afeado el comentario, y me han dicho que si no fuera por usted, a saber dónde estaría el equipo.
Y yo me pongo a pensar, así por encima, y sin grabaciones que le echen un cable a mi memoria, y recuerdo cuando usted decía que la liga de Segunda División era muy larga, y que podían pasar muchas cosas, y que lo importante era llegar bien situado a los partidos cruciales de la temporada, y que el equipo iba a jugar la fase de ascenso seguro, y que no se iría hasta conseguirlo, y que en el final de la primera vuelta obtuvieron sus mejores resultados, y que el partido de Almería era la clave (y encima van el Oviedo y el Huesca y echan otro poco de incienso al matemático fuego de la esperanza). Y fíjese que usted sí que ha clavado todas sus predicciones. Le tenía yo por un viejo gruñón que había perdido el criterio, por un charlatán que podía dar clases magistrales de oratoria a los miembros de nuestro Parlamento, y resulta que me ha demostrado que sabe más el entrenador sabio por veterano que por entrenador sabio, y que la experiencia, la tranquilidad y la paciencia también juegan cuando llega el momento de encarar un arco iris futbolero.
Volveré, si quienes dirigen Blanquivioletas no lo remedian, dentro de un par de semanas a asomarme a este balcón que informa y opina de deporte. Igual para entonces ya nos ha metido usted sextos o quintos, y podemos soñar con el ascenso sin tener que levantar los pies del suelo.
Eso sí, si me permite un consejo de escritor torpe (que, además, no tiene ni idea de fútbol), llévele una docenita de huevos a las monjas clarisas, como hacen las novias para pedir que no llueva el día de su boda; porque de haber tenido un poquitín de suerte en partidos que se han empatado o se han perdido injustamente, este equipo podía estar ahora disputándole el segundo puesto al Girona del Machín que no toca las maracas.
Lo dicho, señor Herrera, mucha suerte, y muchas gracias por aceptar mis disculpas. Pero, sobre todo, por recordarme que –como dice el dicho– hasta el rabo, todo es toro.
En lo sucesivo no volveré a escribir una columna antes de tiempo.














Después de la machada de los chicos del Comercial Ulsa en Alicante, espero que los jugadores del Real Valladolid hagan lo mismo de aquí al final de la temporada aunque sea de forma igual que los malos estudiantes a última hora.
Me ha gustado y como pucelano que soy todo mi apoyo al equipo y a su entrenador
En esa línea debería estar la ciudad entera
¡Ya te digo, qué mal! ¡Ya no puede uno ni adelantar trabajo! 😀
Buenos días señor escritor, de verdad que cuando.leo sus locuacez letras me hace re rodar que todavía,hay esperanza en la visión global del fútbol y podemos contar con.opiniones tan fantásticas y reales de tu.puño y letra, una vez más gracias por tu genialidad.
Más de un jugador debería guardarse algún huevo para uso propio, y sacarlo cuando fuera menester.
Por lo demás prefiero un viejo como maestro, se le supone más experiencia,
aún si no acierta.
Gracias por tus opiniones y tus libros siempre tan drásticamente divertidos.
Uno de Pozal.
Sabia rectificacion amigo escritor.
Bonitas palabras que nos llenan de ilusion para un final de temporada que se presenta apasionante.
Saludos
Muy bueno! como siempre Don Jose Ignacio, Lástima que te fastidiaran el pronóstico