Vuela como una mariposa, pica como una abeja

Publicado el 22 septiembre 2012 06:00h
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Jesús Moreno habla de la falta de pegada del Real Valladolid a las puertas de su encuentro ante el Atlético de Madrid, uno de los más duros boxeadores del circuito.

 

Ali«¡Vuela como una mariposa, pica como una abeja! ¡Pelea muchacho, pelea!», grita desde una esquina del cuadrilátero el preparador del mito Cassius Clay, en la película ‘Ali’. En realidad esa frase, que hasta John Toshack utilizó para referirse a Anelka, la pronunció en persona el mismísimo Muhammad Ali para definir su manera de boxear su manera de boxear basada en un portentoso juego de piernas que le permitía flotar y moverse alrededor de su adversario y en un golpeo rápido y contundente en cuanto veía baja la guardia de su rival. Un estilo heterodoxo, sin duda, frente a la ortodoxia del duro fajador que recomendaban los cánones de los grandes pesos de la época y que practicaban George Foreman y Joe Frazier, los otros dos púgiles que junto con Clay componen la santísima trinidad del boxeo.

Nuestro Real Valladolid tiene algo de aquel mítico Ali, -¡sálvenme ustedes las distancias, por favor!- en el fútbol que práctica.

Cierren los ojos y repasen mentalmente los primeros veinte minutos del partido del lunes o los últimos treinta y estarán conmigo en que en esos periodos el equipo parece volar como una mariposa, grácil, ágil de movimientos, estético de ejecución, se mueve conjuntado y acompasado como las espigas de trigo cuando sopla una brizna de viento, y donde en ocasiones nuestros rivales persiguen sombras en vez de jugadores…

Sin embargo no pica como las abejas. Nuestros aguijones son de momento inocuos, apenas lanzamos nuestro ataque sobre el rival y, cuando lo hacemos, rara vez alcanzan su objetivo; solo tres goles en cuatro partidos y dos de ellos de penalti. Como diría Maradona de la selección española, el Real Valladolid sería matemáticamente campeón de liga si al fútbol se jugase sin porterías.

Cierto es que esto es un juego, que conlleva siempre una buena dosis de fortuna, la cual nos dio la espalda el pasado lunes frente al Betis porque, si bien es cierto que debimos marcar en alguna de nuestras llegadas no lo es menos que no fuimos merecedores de perder y hacerlo de la manera tan dolorosa y cruel en que caímos.

Sin duda esa falta de pegada es ahora mismo el mayor debe en la cuenta de resultados del equipo de Miroslav Djukic, el único pero que ponerle a un grupo que sin tener en sus filas esos jugadores capaces de abrir un telediario con solo divulgar su tristeza, está realizando un juego al alcance de un selecto puñado de equipos en Europa.

Transformar el buen fútbol en ocasiones, y esas ocasiones en goles que nos den los puntos suficientes para casi cualquier objetivo esta temporada, sin que resulte tarea sencilla no debería causar mayores complicaciones, pues es más fácil ganar jugando bien que jugando mal.

Mañana viajamos al estadio Vicente Calderón. En ese rincón nos espera probablemente el equipo que mejor se asemeja a esa época dorada de los grandes pesos de la historia del boxeo. El duro fajador con calzón a rayas rojas y blancas, sólido, rocoso y pragmático, capaz de aguantar todo tipo de embestidas para después soltar un zarpazo de tigre letal de necesidad que puede hacer besar la lona al más pintado.

Frente a él, el fino estilista blanquivioleta. Vistoso y virtuoso. Ágil de movimientos, rápido en su ejecución y, esperemos, mortal en sus acometidas. No se me ocurre un momento mejor que este domingo para que el Real Valladolid, esta vez sí, vuele como las mariposas y pique como las abejas.

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