Hay algo en la renovación de Iván Garriel por el Real Valladolid que suena a triunfo conjunto. No se trata de dar a nadie un crédito indebido ni de restar a Garri un ápice del mérito que tiene haberse convertido en el jugador que hoy es -y sobre todo, en el que puede ser-, sino de conceder a cada quien su cuota de éxito. Y para Los Anexos su renovación es una gran noticia. Lo es, en abstracto, por la consolidación que supone en el primer equipo de un gran proyecto de futbolista. Y en concreto, para quienes fueron parte de su crecimiento y para aquellos que se pueden ver en su espejo.
Después de no pocos años en los que los canteranos no tenían sitio para progresar en el Real Valladolid, en los últimos la tendencia ha cambiado. Lo ha hecho a veces incluso a pesar de la voluntad de algunos dirigentes, que al propio Garri, sin ir más lejos, le llevaron a tener que buscar fuera el crecimiento que en Valladolid se le negaba. De igual manera, los años oscuros parecen haber quedado atrás y hoy son siete los jugadores de la provincia que han participado en algún momento con el primer plantel.
A estos hay que añadir un palentino (Arnu) y un berciano (Mario Domínguez), aunque el primero de ellos puede haber emprendido un viaje solo de ida hacia Madrid. Y también han jugado ahí otros futbolistas con paso por Los Anexos, de los que ciertamente solo queda Alani, pero quizás es que no pueden caber todos. El objetivo, de hecho, difícilmente será nunca ese, que todos tengan cabida, pero sí ha de ser, indudablemente, que haya cada vez más Garris; canteranos a los que nadie ha regalado nada en su travesía hasta la élite y a los que, si lo merecen, como lo hace él, hay (y habrá) que saber hacer sitio.

Garri, contra las adversidades
La victoria del iscariense es, primero de todo, suyo, en tanto en cuanto es suyo el fútbol y han sido suyas las ganas de perseverar. Quizás en el pasado hubo quien no lo vio así, pues su camino hasta la renovación ha sido algo espinoso, sobre todo en temporadas pasadas, pero su voluntad no se quebró ni cuando le empujaron a la puerta de salida. Visto por Pacheta en primer término, fue Pezzolano quien le hizo a debutar, aunque el uruguayo nunca creyó en él, como tampoco hicieron algunos de los que le rodeaban.
Y Garri, que había tenido varias propuestas importantes siendo juvenil del Atlético de Madrid y del Copenhague, llegó a encontrarse con el perro del hortelano, que ni comía ni dejaba comer. Ni los tres años seguidos yendo convocado con la selección española ni la resolución de los desafíos deportivos que supusieron los pasos que fue dando adelante fueron suficientes para la anterior gerencia, que, en cualquier caso, no puso las cosas fáciles para aquella cesión en el Real Club Celta.
De haber asumido el club celeste la opción de compra que tenía para hacerse con el iscariense otro gallo habría cantado. Y sí, él y su entorno firmaron aquel contrato, pero hay que entenderlo. Hay que entender que aunque la resiliencia es una característica que se suele ver a menudo como positiva, convertida en cabezonería puede llevar al equívoco. Y por eso, como Anuar (cuando se fue cedido, pero también esta última vez), Garri llegó a irse, porque una cosa es querer al Real Valladolid y otra es no revolverse cuando no es recíproco.

Hay que querer, y hay que querer bien
Agua pasada no mueve molinos, pero incluso dentro de las oficinas reconocían el curso pasado que Garri podía haber sido útil en la tortura que fue ese penar por la Primera División (igual que hay quien piensa que con otros gerentes ni él ni Víctor Jr se habrían ido). No obstante, dicen que lo que sucede conviene, y la verdad es que el año en Vigo le sirvió para madurar y volver más hecho también en lo futbolístico, tras conocer en el Celta otras posiciones como la de central y un modelo de juego tan marcado como el celeste.
Ahora, aunque en las últimas semanas esté teniendo un protagonismo escaso, sí es querido. Jugar más o menos no ha sido determinante, pues su renovación lleva semanas pactada. Ha sido decisivo querer y querer bien; creer de verdad en el futuro de un Iván Garriel que está llamado a jugar en la élite durante años. La prueba es que el club se ha adelantado más de un año al término de su contrato, aunque puede suceder igual con otros chicos de la casa como David Torres, cuya continuidad está avanzada más allá del 30 de junio, cuando su vínculo acaba.
El ejemplo de ambos debe ser paradigmático dentro del Real Valladolid, que necesita este perfil de jugadores para asentar su difuso modelo de club. Los Anexos forjan (y desgraciadamente exportan) talento; hay en casa proyectos que pueden convertirse en futbolistas del primer equipo, con todo el significado que esto tiene, aunque hay que seguir apostando por ellos. Para que este triunfo de la cantera no sea una victoria pírrica, es necesario que los futbolistas apuesten por quedarse aquí, que el club crea en ellos… y lo que es tanto o más importante: que invierta en un desarrollo que, a la vista está, puede traer frutos.










