Tengo la costumbre de guiarme por la ciudad en base a recuerdos de mi niñez. Hay calles, plazas o rincones que me evocan de manera clara momentos o rutinas que, con el tiempo pasaron, pero no se fueron de mi ser. Por eso, quizá, pensar en el Puente Mayor es para mí la referencia básica de muchas otras cosas, haciendo de puente, valga la redundancia, a muchas otras cosas que nada tienen que ver con ir de un lugar a otro, sino de saltar, a través de su memoria, a otros momentos de mi vida.
Me entenderán, lo sé. Quizá no con el Puente Mayor, que lleva en nuestras vidas desde que nacimos, pues fue levantado en el año 1080 por la iniciativa de otro de esos personajes inolvidables si creciste en Valladolid: la Condesa Doña Eylo Alfonso. Habrá que darle las gracias, pues, a la esposa del admirado Conde Ansúrez, por aquello de unir dos zonas y apelar a los recuerdos que, en mis años de vida, se han quedado tejidos a sus arcos. Una vida que conecta con su longitud, en multitud de instantes que se hacen nítidos al pasar, siquiera, cerca de nuestro Puente Mayor.
Imposible no pensar en las riadas. Muchas vivió este río en esta ciudad. Y en tiempos oscuros en múltiples zonas de España, la realidad del agua lejos de su cauce bien sabe Valladolid que no es fácil de lidiar. El Puente Mayor es medida de muchas cosas, pero sobre todo lo es, para los muchos que hemos vivido en esta ciudad, de la altura que trae el colosal río Pisuerga, a su paso por la ciudad. Las escasas dimensiones del puente facilitan medir, a simple vista, si corren peligro algunas de las zonas aledañas al río. Siempre que se vean sus arcos, que no estén tapados por el agua, hay esperanza.
Pero es medida de mucho más. De mis visitas a la biblioteca de San Nicolás, de mis recuerdos en la plaza del tren burra en La Victoria, de mis paseos por la orilla del río o de mis ratos escribiendo o dibujando en su entorno, viendo a la gente ir de un lado al otro, valiéndose de aquello para lo que fue proyectado hace ya más de un milenio y construido, tal y como lo conocemos, algunos siglos menos, alrededor del S. XIV, lo que da para ser testigo de tantas y tantas cosas.
Sobre su recorrido he disfrutado del paseo, he tenido prisa y he amado. Hasta las aves, conscientes del paso artificial sobre ese serpenteante río que conecta las montañas del note con el Duero, cruzan por esa zona, y se puede ver el paso de las cigüeñas, cada tarde, de un lado al otro, hartas del Cerro de las Contiendas y su entorno, buscando, quizá, refugio, en los altos tejados de la zona de la Rondilla.
Un puente que es medida de lo que somos en Valladolid y de cómo hemos crecido. Cuando se alzó, la Huerta del Rey no existía, pero sí fue clave para que el Barrio de la Victoria tuviera oportunidad de ser parte de esta ciudad. El Puente Mayor es un claro ejemplo y prueba de ese desarrollo mínimo que necesita siempre una ciudad a la orilla de un gran río. Ese paso clave para conectar dos mundos, una orilla a la otra, permitiendo que quienes lo habiten, puedan interactuar, entenderse y convivir.
Parte ya inconsciente de nuestras vidas, los ojos del puente han sido testigos de las nuestras, como es testigo del agua que pasa. De la construcción de un barrio a la del reconocible «rascacielos» de Valladolid. Un día a día y un paso a paso que concede al Puente Mayor una amistad que nunca será del todo compensada.














