Del mal, el menos

Publicado el 7 octubre 2012 01:00h
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El Real Valladolid salva un punto ante un Espanyol que estuvo en inferioridad durante toda la segunda mitad en un gris partido y en el que, sin embargo, pudo pasar de todo.

 

Ray Bueno
Foto: El Norte de Castilla

Llegaba el Espanyol colista a Zorrilla, y como colista se va. Y con razón, dirán algunos, pues poco fue el fútbol mostrado en Valladolid por los de Mauricio Pochettino. Y sin embargo, fue suficiente para sumar el segundo punto de la temporada e incluso optar en el tramo final a llevarse los tres. Aunque, en honor a la verdad, también pudo no sumar. ¿Locura del que escribe? Nada más lejos.

A pesar de jugar en inferioridad durante toda la segunda mitad, no se notó en exceso que los periquitos formaban con diez. O, por ser más justos, el Real Valladolid no parecía jugar con un hombre más, ya que en ningún momento hizo buena esa superioridad. Dominó el partido, como cabía esperar, pero casi de usted, como si supiera que una derrota podría cerrar el círculo de ‘El Poche’ allí donde el argentino debutó en la élite como técnico.

Lejos de jugar con el brillo del último encuentro ante el Rayo Vallecano, los de Miroslav Djukic lo hicieron a oscuras, cosa normal cuando en la sala de máquinas no hay quien eche leña a la caldera y, bien como consecuencia de ello o de su propio estado, el faro no funciona. Dicho de otro modo: la ausencia de Rueda (no solo) en la salida se antojó capital y Álvaro Rubio pide desde su habitual silencio a gritos un impass.

Para mayor desgracia, los tres jugadores erigidos tenores en la goleada del pasado domingo, Óscar, Alberto Bueno y Manucho, no alzaron la voz, lo que unido a lo anterior y al quiero y no puedo espanyolista convirtió el envite en un enfrentamiento de pega, casi sin embestidas. Las pocas, estuvieron lideradas por los imprecisos Rukavina y Ebert en los locales y por el bueno de Verdú en los visitantes.

Lo de bueno no es un decir, una forma de referirse a él con lástima o desprecio, sino una realidad. Trató el balón con mayor mimo que todos los demás cariñosos potenciales e intentó marcar el paso a sus compañeros, pero, claro, la situación del Espanyol, en general invita a pocos bailes y un par de copas de nervios con hielo y apatía.

La expulsión de Víctor Álvarez daría credibilidad a cualquier rumor que hablase de que el sueño de Pochettino, desde pequeñito, es abrir un circo. No porque no estuviese bien expulsado, que no lo estaba, sino porque la roja vista por el canterano obligaba al colista a jugar con uno menos durante toda la segunda mitad. Pero, como decíamos, tampoco se notó en demasía.

El paso del tiempo, inexorable, no dejaba tras de sí ocasión alguna que llevarse a la boca. La del aficionado, y por momentos parecía que la de los propios jugadores, se aburría ante el partido insulso al que obligaba el Espanyol, sustentado en el serio encuentro de Juan Forlín, Héctor Moreno y Diego Colotto. Y entre el no quiero y el no puedo, llegó el minuto mágico.

De no ser por su bisoñez, podría decirse que Longo cayó de maduro ante el contacto producido con Rukavina en el 69′. Pero Fernández Borbalán, curtido en el noble y respetable arte de errar, señaló el punto de penalti. El «hombre al suelo» del imberbe se convirtió en una suerte de pena máxima que Verdú convirtió de manera inapelable engañando a Jaime.

Pero no es excusa, oiga. No cuando uno juega en su casa frente al colista y viene de arrasar a otro rival de ‘su’ Liga. Porque, por más que cada partido sea un mundo y el del Rayo tuviese unos condicionantes tan particulares como beneficiosos, el enfrentamiento ante el Espanyol también los tenía. Djukic era consciente, y así lo hizo saber dando entrada a Guerra junto a Manucho.

Lejos de complementarse, los puntas se solaparon. Y cuando no lo hicieron, el purísimo era Guerra; craso error, dada su mayor facilidad para caer a bandas y asociarse en tres cuartos. Los sacrificados, para dar entrada al malagueño y a Omar Ramos, fueron el apagado Rubio y un Alberto Bueno que justo amenazaba con hacer lo que hasta entonces apenas había podido.

Con Óscar y Víctor en la base, Guerra y Manucho arriba y dos extremos natos, el Real Valladolid mejoró, quizá no en la belleza de su juego, pero sí al menos en el arrojo. Y, a fuerza de achuchar, en el 81′ terminaría llegando la igualada después de un lanzamiento de esquina botado por Patrick Ebert que Óscar remató a la red.

Y, a fuerza de seguir achuchando, los blanquivioletas dispusieron de alguna oportunidad más, no demasiado clara, en ese tramo final en el que el Espanyol estuvo cerca de encerrar al fantasma que tantas remontadas provoca en los minutos finales en una mochila, toda vez que el árbitro, a instancias de su asistente, anuló el postrero tanto de Verdú por un fuera de juego inexistente con el tiempo casi cumplido.

Del mal, el menos, por tanto. El azar quiso que la balanza se equilibrase y no hubiese ni beneficio ni perjuicio para ninguno de los dos equipos, ya que los errores del trencilla se dieron en los dos sentidos. Y gracias, ya que de esa manera ninguno de los dos equipos podrá ponerlo como excusa ante un partido gris en el que ambos pudieron ganar y ninguno mereció hacerlo, el uno por su pobre fútbol y el otro por su carestía de él.

Jesús Domínguez

Crecí en la Galicia del 'SuperDepor' y del 'EuroCelta'. En Los Anexos me enamoré del fútbol de cantera. Pasé por El Norte de Castilla, Diario AS y Cadena SER antes de volver a dirigir Blanquivioletas.

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