Cuando alguien como el arriba firmante se cría junto a dos personas dependientes -mejor dicho; es criado por estas-, es posible que la radio le acompañe durante su infancia, o así pasó por lo menos en la mía. Con perdón del resto de compañeros de la ciudad (de esta o cualquiera): yo crecí escuchando la SER. Conchita -mi abuela- la escucha a todas horas, y aunque algunas veces es revoltosa y hay que resintonizarle la radio, siempre sabe quién habla al otro lado. Y si uno está con ella, tiene que saber que hay varios momentos sagrados, como las esquelas, el tiempo y el Pontevedra.
Como no crecí en Valladolid, no escuché demasiado a gente como Paco Forjas o Vicente Ballester, aunque a este lo conocí en mis primeros ‘pinitos’ radiofónicos, en Onda Cero Valladolid. Aquella voz era como la de Alvite; se te metía dentro como un disparo a quemarropa. Yo venía de oír a Eugenio Giráldez, a Ramón Mella, a Nacho Ares o, claro está, a Pepe Domingo Castaño, pero presté atención en cada coincidencia o en cada coqueteo -que no con el cambio de emisora; este (perdón, abuela) vendría más tarde, cuando la ‘guerra de las radios’, me pasé durante un tiempo a Javier Ares-.
Mi sonido es distinto. No es ego; es una realidad. Ni mi voz es igual a la de esos monstruos ni pensaría nunca ser algo, siquiera, parecido. Tampoco a Carlos Flores, el conductor de ‘Hoy por Hoy Valladolid’. Cuando empecé a escuchar Carrusel local en el estadio, él era el animador. Que me perdonen mis compañeros, pero sabrán que hay cosas que han oído a Flores y a otros muchos que son guionizadas. Pero hay algo genuino, un punto de agilidad mental a la hora de conducir programas y de generar entornos amables para el oyente (o si existe, para el entrevistado) que le es tan natural como respirar.

La inconfundible frase de Carlos Flores
Cuando en Blanquivioletas tuvimos espacios radiofónicos, yo intentaba tener siempre algún sello, alguna frase que fuera muy nuestra, como aquel «blancas y violetas noches» o el «no, no te has equivocado, estás en [ponga aquí la emisora que quiera] y desde a hora y hasta [la hora a la que acababa el programa] escuchas Blanco y Violeta» (con una pausa dramática antes del «y Violeta). Para el oyente, en realidad, puede parecer una gilipollez -con perdón-, pero hay frases o expresiones (como mi «me lo pintaron de amarillo» de Carrusel) que, por alguna razón, quién las dice las pronuncia porque quiere que le identifiquen, o al menos, que le hagan sonar distinto.
Flores cierra siempre su programa con uno de esos sellos característicos: «Y hablando contigo, de mil amores, Carlos Flores…». Lo dice con ese tono grácil y ligero que le acompaña, que es suyo también fuera de antena, ya que, cuando la luz roja se apaga, sigue teniendo ese espíritu que alguno dirá que es normal y genérico de quienes conducen magacines, pero, créanme, no. El tipo, además, tiene una cultura cinematográfica importante, un sentido del humor grande y un don de gentes que saca una sonrisa a un muerto.
En la Cadena SER lleva más de cuatro décadas, y casi otras tantas presentando ‘Hoy por Hoy’; concretamente, desde 1989. Siento sonar a Carnero, pero fíjense si no lleva tiempo en la vida de los vallisoletanos. Es Carlos Flores de esos locutores que se dice de la vieja escuela –old school para los más modernos- que siguen al pie de cañón, integrantes de una generación que hizo una radio más de masas que la actual, pero que continúa disfrutando de ella. Alguien a quien, ya me disculparán por enésima vez el resto de compañeros con los que compartí micrófono, pues no es que no quiera hacerlo con ellos, merece la pena seguir escuchando de mil amores.













