El Granada desnudó al Real Valladolid dejando a la vista su cruel realidad: la de un equipo intoxicado por problemas que desbordan cualquier pizarra y cuyo origen no corresponde en exclusiva al cambio de entrenador

La enésima oportunidad de redención del Real Valladolid terminó resultando una catástrofe. Tal fue el desastre y tan lejos estuvo el equipo pucelano de discutir su figura de pelele ajusticiado que el análisis del encuentro prácticamente carece de sentido sino como muestra última de la realidad de un equipo, una plantilla, un club carente de rumbo y errante en la tranquilidad del tiempo restante y supuestamente suficiente.
El conjunto de Juan Ignacio Martínez se llevó un durísimo golpe de realismo que hace inevitable escarbar profundo y cortar de raíz unos males que le inhabilitan a luchar por su objetivo y que, si siempre estuvieron ahí, nunca fueron tan visibles.
Lo peor, lo más preocupante, fue la sensación de total incapacidad competitiva. La percepción clara de una incidencia casi nula del planteamiento táctico; de que la falta de intensidad, de tensión, de calidad, de convicción en cada acción realizada impide al equipo el mero hecho de estar de pie en el rin. Bastante revelador a este respecto el arranque de la segunda parte, en los que los visitantes amagaron con comparecer y participar. Presionando, robando alto, moviendo rápido. Todo inútil si el defensa al que mejor salida de balón se le supone da una asistencia al rival como la del tercer tanto.
Se puede –y se debe– discutir, por supuesto, el acierto o equivocación de la apuesta en la pizarra. Debatir, con la posición entre privilegiada e injusta que otorga el juicio postpartido, sobre lo adecuado de alinear juntos a Víctor Pérez y Rossi, dos centrocampistas eminentemente móviles, dinámicos, con serias dificultades para posicionarse correctamente y que fueron superados claramente por el triángulo Iturra-Recio-Rico.
Además, no ofrecieron soluciones para un inicio de jugada que tuvieron que acometer sin parar los dos centrales (dos de las tres combinaciones más repetidas por el Valladolid fueron las producidas entre Rueda y Valiente), con la pérdida de claridad en la salida que ello conlleva. O sobre si debió Juan Ignacio proponer una presión más alta desde el inicio para no conceder al Granada un acceso tan cómodo a zonas de peligro con cantidad de jugadores desequilibrantes.
Erróneas o acertadas todas o parte de las decisiones plasmadas en la pizarra, las enumeradas y otras tantas, parece claro que hubo múltiples fallos que firmaron la condena del equipo y que no tenían ni rastro de tiza: una salida por alto incomprensible del portero, una entrega infantil del central a un rival, un fallo a puerta vacía de los que estigmatizan o esa escena de tres jugadores pidiendo fuera de juego mientras el rival remata en el área pequeña. Disparos en el pie que no parecen achacables en una cuota mayoritaria a uno u otro planteamiento de este u otro entrenador.

No significa esto que los goles respondieran a acciones aisladas del conjunto del partido. Los errores que permitieron el escarnio del marcador representan bien la actuación del Real Valladolid en los noventa minutos: un continuo transcurrir entre nervios, agobio, falta de concentración…
El bloqueo mental de algunos jugadores corresponde a la situación del equipo, pero es probable que en determinados casos no se trate del efecto sino de una parte de la causa.
Pero, ¿por qué? ¿Por qué los jugadores, que aseguran estar con el entrenador –y lo han demostrado saliendo intensos en la segunda parte hasta el tercer gol o ante Espanyol, Real Sociedad y Sevilla–, parecen no estar convencidos de lo que hacen?, ¿por qué futbolistas que la temporada pasada ofrecieron un rendimiento altísimo esta temporada parecen una sombra?
Esa es la pregunta del millón, y cuanto más correcta sea la respuesta y más rápida la aplicación del remedio más cerca estará el Pucela del buen camino. Cuestión complicada, porque, aunque exista la tentación de responder con la facilidad y comodidad del análisis superficial y señalar el cambio de técnico en el origen de todo, un vistazo ligeramente más profundo propone otras respuestas a la tormenta de ideas, como el acomodamiento de parte de la plantilla por falta de competencia – por la poca utilidad de varios de los refuerzos, otro mal en sí mismo-.
Corresponde a la entidad, en su conjunto, el dar con el diagnóstico sobre esos dolores y a Juan Ignacio dotar al equipo de recursos tácticos para apaciguarlos hasta que desaparezcan. Quizá la cura sea dolorosa, porque suponga que en el campo se imponga una nueva apuesta, más acorde al estado actual de la plantilla; y en las oficinas asumir cierta negligencia médica alimentando el virus desde verano. El Pucela aún está muy vivo, pero el tiempo corre en su contra.













