El Club de los poetas viejos

Publicado el 18 octubre 2017 14:00h
Síguenos

José Ignacio García estuvo entretenido mientras el Real Valladolid jugaba en Almería. Nos cuenta con quién

 

En esta histórica villa en la que desde hace cuatro años habito de prestado, a alguien se le ocurrió crear una tertulia multidisciplinar, en la que pudiera hablarse de todo un poco, pero siempre –eso sí– desde el respeto a los demás y a sus opiniones.

Estoy seguro de que si la tertulia la hubieran formado miembros exclusivos de un mismo gremio, se habría ido al garete al poco de iniciarse. Pero como aquí nadie hace sombra ni competencia, ni critica al último que llega ni al primero que se va, el grupo ha ido avanzando en su caminar, y parece que de momento su estado de salud augura una esperanza de vida bastante razonable.

w 900x700 15202950 mg 0149
Ángel || Foto: LFP

En total, la tertulia está formada por doce miembros, los doce apóstoles dijo al principio mi amigo Tereso Casas, que presume orgulloso de tener un nombre poco usado, y que se dedica a hacer relojes, o al menos a recomponerlos. De hecho, cuando fundamos el grupo, y buscamos un nombre con el que etiquetarlo, ese fue uno de los apelativos que barajamos para bautizarlo; sin embargo lo descartamos enseguida por tres motivos: porque a los que eran católicos les parecía irrespetuoso, porque los que no lo somos no queríamos que nos relacionaran con esa cofradía, y –sobre todo– porque un número concreto cerraba la puerta a la incorporación de nuevos miembros. Lo curioso es que desde su creación nadie más se ha unido a este peculiar sanedrín; se han producido un par de intentonas, eso sí, pero Paco Yanguas –hábil cortador de jamón donde los haya– las ha abortado, porque es muy supersticioso, y dice que nunca formaría parte de un grupo, club o asociación integrado por trece miembros, no sea que se le vaya un día el cuchillo jamonero, le haga lonchas un dedo y lo achaque a la maldición de nuestra tertulia. Así que, a no ser que vengan en collera nuevos pretendientes, me temo que los nuestros son númerus clausus per sécula seculórum.

Durante algún tiempo lo del nombre nos trajo de cabeza, hasta que un día Luismi Valles-Zamora, que es pintor de fino pincel, y muy reconocido en toda la comarca, sugirió en una de nuestras reuniones que la dedicáramos a buscar un calificativo original, y que no molestara a nadie. Se barajaron varias propuestas (yo no hice ninguna) y casi estuvimos a punto de llamarlo “El chiringuito de Blas”, que es el dueño del bar donde nos juntamos, aunque él se dedica a su negocio y nunca se mete en nuestras conversaciones, como no sea para preguntar si debe servir alguna consumición más. Pero alguien (no recuerdo quién) alegó que había un chiringuito deportivo en la tele que era un guirigay donde no se entendía nadie. Y por eso lo descartamos, porque nosotros otra cosa no tendremos, pero educación nos sobra, y ninguno interrumpe a otro mientras ejerce de orador, por muchas ganas que tenga de hacerlo y por mucho que tenga que masticar sus propias palabras hasta soltarlas convertidas en papilla.

Fue el propio Luismi el que ofreció la opción que al final fue aceptada por todos. Yo creo que ya la llevaba barruntada desde casa, pero el pintor es un tipo admirable (al menos para mí) que siempre sigue la misma estrategia, al principio observa, escucha y calla, pero cada vez que habla es como el martillo que remacha el clavo en la tabla. Que podíamos buscar un distintivo con el que ninguno se sintiera identificado o aludido. Y fue entonces cuando soltó lo del Club de los poetas viejos, porque ninguno de nosotros se dedica a la poesía (al menos profesionalmente, que la tentación de arrimar unos versos dedicados al amor muchos la tuvimos cuando éramos adolescentes y nos salían granos en la cara), ni supera en exceso la cincuentena. Eso sí, que si yo me sentía reflejado o molesto, me consultaron antes de someter la propuesta a votación, porque saben que soy campesino que siembra palabras por las besanas del folio. Pero como a mí lo de rimar y metaforizar nunca se me ha dado bien, y siempre me he decantado más por escribir ligero y en prosa, no puse ningún reparo, y el titulo fue aceptado por unanimidad. Lo que no sabíamos era que, a raíz de aquello, el nombre causaría algún que otro malentendido, y por eso hemos recibido ofertas para ir a recitar nuestros poemas primaverales, bucólicos o existencialistas a asilos, parnasillos y casas regionales. Pero esa es otra historia, que ahora no viene al caso.

Además del respeto a las ideas y al turno de palabra, solo tenemos una regla fija: nos reunimos el tercer domingo de mes, a las ocho de la tarde, en el bar de Blas, sea verano o invierno, llueva o escampe, se celebre una boda o sea Navidad; y nadie está obligado a asistir, ni se pagan cuotas de socios ni nada por el estilo. Y, aunque no es una obligación, al menos en mi caso espero impaciente que llegue el día de reunión, aunque solo sea para ver si por ahí surge algún hilo del que tirar cuando el cauce de mi creatividad amenaza sequía. Bueno, pensándolo bien, hay una segunda norma no escrita pero que se sigue a rajatabla, muy a mi pesar, y que (de alguna manera) nos identifica con las sociedades gastronómicas vascas. Con la chispa que añadiría al grupo una corriente de opinión femenina.

Esta tarde yo pensaba que la cosa iba a dar más de sí. Hay tantos fuegos personales, políticos y geográficos encendidos por la España nuestra que esperaba (o temía) que las opiniones se volvieran incendiarias, pero hoy la gente no quería mojarse (aunque por fin amenaza con llegar la anhelada lluvia meteorológica), y la conversación se ha desviado hacia asuntos banales, hacia rumores y cotilleos más propios del papel cuché. Estábamos a punto de levantar la sesión, cuando ha irrumpido en el reservado que Blas nos cede César Manso, Bruto para los amigos, con esa energía que le caracteriza, y que hace tan poco honor a su apellido y tanto al mote que le viene y arrastra desde sus tiempos de colegial.

Para disculpar su tardanza, Bruto ha empezado a despotricar contra los atascos y retenciones que colapsan las carreteras cuando concluyen los puentes festivos, y contra El Corte Inglés por abrir los domingos e incitar a su mujer a pecar de consumista. Los demás no hemos podido contener la carcajada colectiva, pero Bruto no se ha achantado, y ha concluido: Y encima el Pucela se ha vuelto a dejar dos puntos en Almería

Aunque, como ya he dicho, el Club de los poetas viejos no tiene normas, hay tres temas que no se pueden abordar, el fútbol, los chistes (malos o buenos, verdes o de los otros) y si es mejor ver rematar a Morante con una buena media unos lances de capote o dejar que los toros bravos se conviertan en una especie en extinción, porque resulte demasiado cara su crianza para que acaben descuartizados en un matadero de reses mansas. Pero como ya nos íbamos, hemos dejado que Bruto se desfogara a gusto, y luego yo –que soy el único soltero y sin compromisos ni obligaciones– me he quedado con él tomando unos verdejos en la barra de Blas.

Mientras su mujer dejaba tiritando la tarjeta de crédito en El Corte Inglés, él había sobrellevado la espera viendo el partido del Pucela en la tele. Ya les vale, otro gol encajado desde la frontal del área, y van no sé cuántos este año, y Luis César sin remediarlo, alega. Y luego, a remar contracorriente, y dominio infructuoso y dos balones al palo. Desperdiciamos el partido contra el Barça B, le regalamos el empate a la Cultural, nos volvimos injustamente de vacío de Huesca, y hoy le hemos perdonado la vida al Almería, aunque haya sido gracias a su portero, que ha hecho la parada de la temporada. Bruto no se fatiga, y prosigue su perorata, que cuántos puntos perdidos que al final podemos echar en falta, que si Deivid no le gusta, que por qué no le dan una oportunidad a Calero, que Ángel es un nisi nino muy extraño, que Anuar hoy no ha estado tan atrevido, que por mucho que los cambios de Sampedro hayan sido ofensivos no han mejorado lo que había, que Toni tiene que jugar por detrás de Mata, que Gianniotas lo hace mejor cuando actúa de revulsivo, que Hervías necesita un balón para él solo. Y que, por muchos goles que marque el equipo en general y Mata en particular, no se puede ser el tercer equipo más goleado de la categoría. Así no ascendemos. Ha vaticinado antes de cerrar la boca.

Y al escucharle, me ha agobiado tanto que he acabado por pensar que yo de mayor, antes que ser crítico deportivo, preferiría dedicarme a la poesía.

José Ignacio García

Escritor y columnista.

Mantente informado en WhatsApp

Entrar ahora

4 comentarios en «El Club de los poetas viejos»

  1. Bonito Club tenéis montado. Lleno de juventud para denominarse «viejo».
    Seguro que ser pacientes también entra en una de vuestras virtudes y que a poco que lo trasladeis al fútbol, conseguireis ser también pacientes en el fútbol, que el Pucela no esta tan mal (sumar 4 puntos cada 2 partidos, matématicamente es ascenso directo)y las cosas que ahora agobian, serán ó se verán completamente diferentes.

    Responder
  2. Me parece una excelente idea ese club que habéis montado. Tienes que desgranar más sobre los 12 personajes que lo formáis en futuros artículos. Te ha salido una crónica muy original querido escritor. Y hablando de futbol… no está mal un empate tras dos derrotas fuera de casa. Pinta bien. Somos optimistas. Siempre.

    Responder

Deja un comentario