José Ignacio García habla esta semana del bar de su amigo Rolo y de uno de sus habituales, a quien no descarta llevarse al Cultural – Real Valladolid de Copa
Mi amigo Rolo tiene un bar, tres hijos que de niños querían ser futbolistas cuando fueran mayores y un cliente sempiterno amarrado a la barra, que slo se desanuda de ella para irse a hacer guardia a Los Anexos y empaparse de los entrenamientos, rumores y comentarios del primer equipo, del Promesas, del Divi y hasta de los chupetines del Pucela que todavía no tienen ni fuerzas para atizarle una patada al balón.

Dicen las malas lenguas, y las demás, que al cliente sempiterno no le gustaba el fútbol, que era un hombre felizmente casado y con una situación acomodada –chalet en urbanización de lujo, campo de golf, club social y esas cosas– gracias a su cargo de director comercial en una empresa textil, que se fue a pique con la crisis y lo arrastró a las amargas profundidades del fracaso. Todas esas lenguas, las malas y las otras, aseguran también que su mujer lo echó del chalet cuando se enteró de que se había quedado en el paro –qué iban a decir sus amigas de partida vespertina y las cotillas de la peluquería donde se peinaba cada viernes– y lo sustituyó a escondidas por un macizo monitor del gimnasio al que acudía para mantener prietas sus carnes cincuentonas, y de cara a la galería por un odontólogo viudo que la permitía huir de qué dirán y mantener su estatus, su chalet y sus sesiones semanales de peluquería.
Sin embargo, el cliente sempiterno del bar de Rolo se quedó a la intemperie de la soledad, sin familia y sin prestigio, y a punto estuvo incluso de perder la dignidad. Fue el fútbol, y los hijos de mi amigo los que le salvaron de la ruina moral –la otra, la económica, era difícilmente salvable– y los que le ayudaron a tirar adelante. Acostumbrado a la venta y las relaciones públicas desde que era joven, se empeñó en convertirse en representante de los chicos, con la esperanza de que alguno de ellos tuviera un filón en su pierna izquierda, en su cabeza o en sus manos, ya que uno jugaba de extremo zurdo, otro de mediocentro y el más pequeño de portero. Lástima que no te hubieras aplicado en su momento un poco más con la Reme en la cama y habríamos tenido el equipo de fútbol sala completo, le decía algunas veces el cliente sempiterno a Rolo, pensando quizás que a mayor oferta, más posibilidad de éxito.
De los tres hijos de Rolo, sólo el pequeño sigue jugando al fútbol en Tercera o Preferente, en un equipo andaluz, donde compagina la portería balompédica con la del puesto local de la Guardia Civil, en la que ingresó cuando comprendió que nunca iba a emular a Casillas, ni el cliente sempiterno iba a colocarlo en algún equipo de primera división maltesa, aunque solo fuera. A los otros dos les pudo la vena familiar, y se dedican a la hostelería. Uno regenta un garito de copas nocturno, y no le va mal, y el otro, el que quería ser mediocentro, se turna con su padre en el bar y tiene todas las papeletas para suceder a Rolo cuando se jubile, si es que algún día se decide a quitarse el mandil y abandonar el parapeto de la barra atiborrada por lo general de unas tapas que son una tentación constante para practicar el sabroso pecado de la gula.
Así que el cliente sempiterno se quedó una vez más sin trabajo, y malvive aferrado a la barra del bar de mi amigo, donde se dedica a hacerles la competencia en directo, y casi cuerpo a cuerpo, a Tornadijo, Amón, Blanco, los Rodríguez y demás locutores del gremio futbolero vallisoletano.
Este año el Pucela sube y el Promesas baja, vaticinó ya en pretemporada. Y más de uno le hizo caso, porque aunque parezca un pobre hombre, desaliñado, mal aseado y cargado con frecuencia con más combustible etílico del conveniente en el depósito, casi siempre tiene razón en lo que dice, y nunca le falta al respeto a nadie. Ni siquiera se enzarza con los que le llevan airadamente la contraria. Cuando algún forofo, o algún vacilón, eleva mucho la voz, él apaga la radio, se gira de espaldas y se va con sus comentarios a otra esquina del bar.
Esta semana no para de revolotear a mi alrededor, como esas avionetas anunciadoras que se pasan el día surcando los cielos con su proclama propagandística de altos vuelos atada al alerón de cola. Me oyó decirle el lunes a Rolo que este jueves vuelvo a León, para ver el partido de Copa entre la Cultu y el Pucela, y desde entonces me frecuenta más de lo habitual, sospecho que con la esperanza de que me apiade de él y le ofrezca venirse conmigo a comer una cecina, dar buena cuenta de un prieto picudo y ver si el partido del kao es otro festival goleador como el liguero de hace un par de semanas.
Y la verdad es que me estoy planteando llevármelo conmigo, aunque le haré sufrir hasta última hora. Y si le invito no será por caridad, sino, egoístamente, por no viajar solo. Uno ya no está para conducir mucho de noche, y la compañía de alguien con un discurso pausado y correcto, nada cargante o empalagoso, me vendrá bien para ahuyentar los fantasmas del sueño.
Sé que durante el viaje de ida tendré que escuchar que lo de Salvachúa era un secreto a voces desde que él –el cliente sempiterno– sorprendió a los sudamericanos cedidos en las escaleras del estadio, con un aparato de música a todo gas, y bailando como si fueran niños pequeños. Estos chicos juegan muy bien, pero están aquí para hacer turismo y pasar el rato, me dirá, y que no sienten los colores, ni se implican, y están tapando la progresión de los chavales de la cantera, que se tienen que buscar el porvenir fuera; y si no, mira a Higinio, marcando ya goles con el Numancia. Y me hablará de la devoción que profesa por Sampedro. Este sí que es un entrenador como es debido, asegurará, saca lo mejor de cada jugador, los motiva, los coloca en su sitio, los hace darlo todo y es un espectáculo ver cómo se entregan y divierten a la afición en cada partido. Según él, Masip es el mejor portero de Segunda (aunque yo he visto los reportajes de la última jornada por la tele, y Javi Varas y Casto se salieron del mapa), Antoñito un estilete estiloso que hace estragos por la banda derecha, Kiko Olivas un central de categoría que falta hacía para apuntalar la defensa, Luismi un sol comparado con Leão, Borja un veterano que reparte más que un cartero pero fija y equilibra como nadie al equipo, Plano un extremo que cuando coja la forma va a hacer olvidar a Villar, Hervías una anguila escurridiza, Mata un ‘killer’ que jugando en su puesto se va a salir este año como Joselu el pasado en el Lugo, Iban Salvador el conejo más domesticado que se ha sacado Luis César de la chistera, y Giannotas una bala letal, mírale, galleará, llegar y batir el récord Guinness de eficacia goleadora inmediata…
Y no descarto que le dé por enarbolar la bandera regionalista, y presumir de que el Numancia y el Pucela lideran la tabla clasificatoria, y ojalá suban. Hombre, y la Cultu, terciaré yo. Y él replicará que el Pucela tiene a todos los jugadores enchufados y que sin Yeray, Señé y Buendía la Cultu, como dice la canción de Amaral, no es nada.
En fin, me lo llevaré conmigo a León, y ya les contaré, amigos lectores, cuál es su discurso durante el regreso de una eliminatoria sin vuelta.














¡Buen viaje y disfrutad del partido, espero que sea intenso!
Interesante artículo y curioso cliente del bar de tu amigo Rolo. Estoy convencido que no te aburrirás hoy en tu desplazamiento a Leon… aunque tu no vas sólo por el fútbol ¿eh?. Tus lectores esperamos ya la segunda parte tras el duelo de hoy. Seguramente Sampedro juegue con los menos habituales, pero no faltará el espectáculo. Un abrazo
Tengo que decir que el fútbol no es lo mío, pero me encantan las historias que salen aquí