La loca comedia de los despropósitos

Publicado el 13 septiembre 2017 12:00h
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Con el corazón un poco dividido, así vivió José Ignacio García el Cultural Leonesa – Real Valladolid

 

Quien haya ahondado en mi biografía alguna vez, si es que alguien ha tenido el improbable humor de hacerlo, habrá descubierto que soy un culo de mal asiento, un ave migratoria que amó y se entregó a todos los lugares en los que anidó, pero que no dejó raíces en ningún sitio, y –si acaso– los hierbajos que sembró, terminó por devorarlos el olvido. Por ese motivo, únicamente conservo, asociados a esos lugares, algunos buenos amigos que han resistido a la erosión que origina la distancia, y que sólo ocupan espacio en mi corazón, ya que no tengo que llevar su peso a cuestas cada vez que hago de nuevo la maleta.

Pablo Hervías
Pablo Hervías || Foto: LFP

Un par de esos buenos amigos los atesoré en León, la bendita ciudad en la que empecé a escribir hace un par de décadas, y en la que he publicado la mayoría de mis libros. Durante los cuatro años que residí de prestado en la capital del viejo reino tuve la suerte de conocer a muchas personas, de empaparme de la cultura, las tradiciones, la gastronomía o la Semana Santa leonesa. También impartí numerosas lecciones magistrales de mus (aunque seguramente los rivales que sucumbieron ante mis brillantes jugadas no compartirán del todo mi afirmación), y en una de ellas coincidí con Fernando Chamorro, un imprentero con el que hice una magnífica pareja (debidamente ataviada con su camiseta reglamentaria) en la que él ponía la explosividad y la improvisación y yo la sangre fría y el raciocinio que requieren los juegos de cartas. Con el paso de los años, precisamente la modernidad acabó con su ‘Imprenta Moderna’, que se había quedado demasiado anticuada, y su hijo Diego tomó el relevo generacional, con una nueva imprenta adaptada a los tiempos que corren y que dio el ‘Punto y seguido’ a la original.

Así fue como, gracias a la tinta que se imprime sobre el papel, nació una amistad que ni el tiempo ni las circunstancias han podido borrar; y como durante años, mientras gestábamos nuevos proyectos editoriales, los Chamorro me picaban imaginando un duelo entre la Cultu y el Pucela en Segunda. Un enfrentamiento que yo veía tan improbable como que España vuelva a ganar el festival de Eurovisión o yo el premio Planeta.

Pero –merced al descenso de los unos y al ascenso de los otros– ese duelo llegó, como llegan muchas cosas inesperadas en la vida, y el domingo Fernando y Diego me invitaron a comer y a ver el partido. La oferta resultaba tan atractiva como irrechazable. Así que me fui hasta León, disfruté de la amistad fraternal que nos une, de la cocina ahumada y picantona de la tierra, de sus vinos emergentes, y luego –sin tiempo para reverdecer épicos duelos de naipes– nos dirigimos al campo. Manda narices, pensaba yo, que no vea al Pucela en su estadio y lo siga de forastero, y además infiltrado como un espía entre la bullanguera afición local, que no dejaba de animar a su equipo, con ese atronador «sí se puede», que –más que en un grito de guerra– se ha convertido en una consigna milagrosa que les ha servido para remontar de manera consecutiva tres partidos que se les habían puesto tan cuesta arriba como la ascensión al Angliru para Contador.

Tengo que reconocer que para mí fue un día de fiesta grande, en el que el fútbol  –por una vez, y sin que sirva de precedente– no fue lo de menos. Si bien es cierto que yo salí del campo con esa sensación de perplejidad que antaño me invadía algunas veces, cuando ejercía la crítica taurina y tenía que justificar un vendaval de orejas en una tarde en la que apenas había disfrutado un par de verónicas que anotar en mi libreta.

Porque eso me pareció el partido del domingo, un vaivén incontrolable en el que la emoción aplastó a los sistemas y las estrategias, un duelo trepidante dominado por la pasión y culminado con una hemorragia de goles, en el que muy pocos salieron del todo satisfechos, a pesar de la euforia repentina que reinaba entre los hinchas que me rodeaban, y que incluso me zarandeaban para que me uniera a sus cánticos.

Igual alguien se sorprenderá al leer estas palabras, y me saldrá con que ya ha abandonado el tipo éste su pluma literaria e irónica y se ha puesto en plan crítico y corrosivo, en lugar de ensalzar el espectáculo. Y quizás no le falte razón, porque cualquiera puede pensar como le dé la gana. Pero un choque en el que un portero que encaja cuatro goles es el mejor de su equipo, en el que el defensa central es más eficaz de delantero centro, en el que el equipo no sabe congelar un partido que pudo tener perdido en la primera parte, si Masip no detiene un penalti de forma prodigiosa, y que tuvo ganado en la segunda gracias al ardor guerrero de Mata (y que incluso pudo perder o ganar si no llega a ser por los aciertos postreros de ambos guardametas), me parece algo así como una loca comedia llena de despropósitos que me dejó mal cuerpo, y a la que se sumó el árbitro con algunas decisiones incomprensibles que se sacó de la chistera como por arte de magia.

De regreso a casa, entre interferencias escuché en la radio del coche a Luis César Sampedro, asegurando que había sido un partido con más goles que fútbol, y me sentí refrendado de alguna manera por alguien que sabe de lo que va el negocio, aunque quizás esa tarde se viera desbordado por la situación, y no reparara a tiempo en los antecedentes remontadores de un adversario inagotable, o no acertara a prevenirlos. Y, como un viaje solitario en coche de casi dos horas da para mucho pensar, traté de discernir (sin lograrlo) si el Pucela había ganado un punto o había perdido dos; y reparé en que en León tratan a De la Barrera –al que aquí no se dio cariño ni confianza– como al Simeone de la categoría que en dos temporadas puede llevar al equipo a lo más alto; y me pregunté –si para eso lo han fichado– porqué no juega todavía Kiko Olivas, para dar un poco de seguridad al centro de la zaga, que falta le hace; o porqué aquí nos coló el Celta a jugadores como Álex López o Drazic y un recién ascendido como la Cultural cuasi catarí se lleva por la patilla a un pelotero cinco estrellas como Señé, o el Zaragoza a Borja Iglesias. Y, mientras, del goleador Ortuño nunca más se supo, y Jose Arnáiz los empieza a meter a pares con el Barça B…

En fin, no quiero ponerme más reflexivo, porque en mi caso el cavilar demasiado suele conducir a la melancolía y el decaimiento. Sólo espero que, para completar de forma feliz esta loca comedia de despropósitos, al final de la temporada –y junto al Pucela– sea la Cultu otro de los equipos que ascienda a Primera.

Aunque entonces, cualquiera aguantará a los Chamorro.

José Ignacio García

Escritor y columnista.

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5 comentarios en «La loca comedia de los despropósitos»

  1. Este artículo de Ignacio bien podía llevar mi firma ya que como a él yo también tenía el corazón partido y lleno de emociones.Antes del emocionante encuentro vivido el domingo yo firmaba el empate como así fue pero ahora bien y siendo justos el Real Valladolid se dejó dos puntos por el camino claramente.Espero ver el año que viene a la Cultu y al Pucela jugando en Primera.

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  2. ¡Un partido extraño! Al menos se ha podido ver que el Pucela no tiene la pólvora mojada fuera de casa, lo cual es esencial para subir

    Personalmente, cada vez que se enfrentan equipos de Castilla y León entre sí, siempre tengo también un poco el corazón dividido. Hace mucho que no se ve un derbi castellano en Primera; ¡espero que la Cultural y el Numancia se pongan las pilas también y acompañen al Valladolid en el ascenso!

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  3. Bonito artículo de nuestro querido José Ignacio mezclando anécdotas y vivencias personales con su crónica semanal. Lectura muy amena con reflexiones interesantes. Además, el partido fue francamente divertido. También pienso que el Pucela se dejó dos puntos en León, pero no hay que quitar mérito al tesón de los locales. Tiene buena pinta el combinado de Sampedro de este año.

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  4. Querido escritor del alma, digo esto porque si no fuera así no caeríamos en nostalgia al leer sus letras que pesan a cada golpe de pluma, una esperanza que podría dislumbrar una afición llena de ilusiones por un recuerdo de primera.

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