No sé por qué los españoles tenemos la costumbre de pasar de largo por los bares que vemos vacíos, para colarnos en otros que están llenos hasta la cafetera. Pero así somos, y no vamos a cambiar a estas alturas del calendario. Por eso entro en un bar poligonero, en el que casi no caben ni las palabras del camarero cuando pregunta a los parroquianos con nombres y problemas conocidos qué quieren tomar. A duras penas me abro paso hasta la segunda fila de barra, como un turista agostero que trata de hacerse hueco para colocar la sombrilla lo más cerca posible de la orilla del mar. Desde allí, y no sin esfuerzo, consigo pedir un café con leche semidesnatada y sacarina, pues se acerca el verano y hay que empezar a cuidar la figura. Recorro la barra con la mirada de un investigador privado que sigue la pista de algún periódico. Pero esa tarea resulta tan ardua como encontrar un taxi libre una tarde lluviosa de sábado. De repente, como si todos los ocupantes estuvieran de acuerdo, o hubiese sonado una sirena inaudible para mis oídos, el bar se queda casi vacío. El silencio sucede al bullicio, y se hace incluso molesto. Logro acomodarme al final de la barra, desde allí tengo una buena panorámica, y yo siempre he sido propenso a estudiar perspectivas. Un periódico local está a mi alcance, y me abalanzo sobre él, como un felino se arrojaría sobre una presa desvalida. Pido otro café, idéntico al anterior, para disfrutarlo con calma, y busco la página de los pasatiempos, pero alguien con una caligrafía exquisita, estampada con tinta roja, se me ha adelantado. Así que, fiel a otra de mis manías, sigo ojeando el diario de atrás hacia delante. A unos palmos de distancia dos desconocidos discuten acaloradamente, como si fueran políticos enfrascados en un debate o televisivos tertulianos sabelotodos. Uno defiende que el Madrid no mereció perder contra el Barca, y el otro no para de alabar los milagros de ese dios balompédico que se llama Leo Messi. Desde que Google abolió las apuestas eruditas, solo el fútbol mantiene vivas las enconadas disputas humanas en las barras de los bares, y la que dirimen esos dos tipos no me interesa, porque intuyo que sus posturas forofas son irreconciliables y pueden degenerar en una tercera guerra mundial. Un poco más allá, casi donde la barra derrapa en forma de curva, una pareja, próxima a iniciar el otoño de su biografía, se hace arrumacos, se lanza miradas dulces que se derriten como un bombón helado, y yo, que soy un romántico empedernido, me enternezco al verlos. “¿Está usted leyendo el periódico?”, oigo que alguien me pregunta, haciendo añicos el particular cuento idílico que ya me estaba imaginando. Lo observo. Viste traje oscuro y corbata rosa, y manifiesta modales educados. “El Valladolid jugó bastante bien contra el Elche, mereció ganar antes y por una diferencia de goles más holgada”, me dice. Yo no sé por qué me habla de ese tema, hasta que reparo en que, sin darme cuenta, tengo abierto el periódico por las páginas dedicadas a la información deportiva. Está claro que esta mañana no es la mía, que no voy a poder leer un periódico ni resolver un crucigrama. Así que tal vez sea mejor un rato de buena conversación. Acepto su compañía y su invitación. Una botella de agua fría, me pido, un tercer café con leche semidesnatada y sacarina resultaría excesivo. El hombre es socio del Pucela, y me toma por un aficionado al fútbol. El tema no me atrae demasiado, pero sus argumentos están bien afianzados y su exposición de los hechos no resulta intolerable. Se ve que lleva los colores blanquivioletas en la sangre, y que le hieren y le dejan cicatrices la imagen y los números del equipo. “Si ya lo decía yo, cuando lo ficharon, que Herrera es un venerable vendedor de humo. No hay otro entrenador tan bueno como él tratando de explicar lo inexplicable, con esa voz de abuelo que les cuenta historias a sus nietos a la hora de acostarse”, afirma. El periódico dice que el míster amenaza con mantenerse en el cargo hasta que el equipo consiga colarse entre los seis primeros clasificados, y mi contertulio bufa, con mesura, eso sí. “Nadie en su sano juicio hubiera aguantado a otro entrenador tras perder cinco partidos seguidos, salió indemne de la goleada contra los querubines del Sevilla, y ahora se viene arriba porque De Tomás y José, los dos delanteros a los que peor ha tratado, le libran sobre la bocina del verdugo, que ya blandía su hacha ejecutora. Menos mal que con los tres puntos del sábado estamos virtualmente salvados, que si no, todavía nos lleva al hoyo mientras continua prometiendo sueños inalcanzables que ya nadie se cree”. Hacía días que no seguía la actualidad del equipo (ya he dicho, creo, que no me interesa mucho el balompié), pero la última vez que reparé en la clasificación, el Valladolid estaba décimo, a seis puntos de la promoción, y paradójicamente, una vez superado con éxito el anterior domingo de ridículo hispalense, ahora está octavo y ha recortado dos puntos al sexto clasificado. Está claro que en el veleidoso mundo del fútbol –en el que un entrenador vive en la zozobra de la renovación o del cese cada fin de semana en función de un resultado– la matemática ha sido siempre la mejor aliada de la esperanza. Mi eventual acompañante me sigue hablando de los pulmones desaprovechados de Anuar, de Álex López, que está triste porque tiene morriña del Celta semifinalista europeo, y de Juan Villar, al que machaca, a pesar de todo lo que le ha dado al club y a la afición. Pero, como al Real Valladolid, y lo que le resta de intrascendente temporada, no le hago ya mucho caso. Solo estoy pendiente de la parejita madura de la curva de la barra, y de sus arrumacos. Definitivamente, soy un sentimental.















La gente es demasiado exigente y cruel cuando su equipo está en Segunda. Basta echar un ojo a lo apretada que está la clasificación para darse cuenta de lo difícil que es para cualquier equipo salir adelante semana tras semana.
Hay muchísima más competitividad e igualdad en Segunda que en Primera, y sólo el hecho de conservar la categoría ya debería ser visto como un logro. Dicho esto, ¡ánimo con el tramo final! 😀
El fútbol no tiene memoria, dicen algunos. Yo creo que la tiene, sólo que es mala.
Buen articulo Jose Ignacio.
Hays que tener paciencia con el Real Valladolid. Vendran tiempos mejores y seremos menos sentimentales y mas futboleros.
No abuses del cafe.
Abrazo
UNA VEZ MAS NOS REGALAS DE UNA MANERA ERUDITA TU OPINION, ES IMPRESIONANTE EL COLOR Y EL SENTIMIENTO QUE PONES EN TUS ESCRITOS HACES TRANSPORTAR MIS PENSAMIENTOS QUE TODO ESTA POR MEJORAR SOLO ES CUESTION DE ACTITUD, GRACIAS
No se lo que sabe de fútbol Jose Ignacio pero des de luego que es un crack con la pluma. Tiene futuro este chaval!!